Sánchez y la propaganda
SOSTUVO SÁNCHEZ en Valladolid que las diputaciones son un arma de propaganda del PP en Castilla y León. Toda política es propaganda, así que Sánchez no yerra en exceso el dardo. Los partidos, sujetos incluso con mayor severidad orgánica al instinto de supervivencia que los seres humanos, luchan, sujetos a una programación de ontológica naturaleza, por subsistir. Y colocados en la casilla del poder, la propaganda es solo un argumento marginal, casi de ornamento.
Si de eficacia se trata, cabría poner en tela de juicio la existencia y funcionamiento de las comunidades autónomas, creadas para satisfacer el onanismo ideológico de quienes, como ahora, solo pretenden desmembrar España, ya no solo como fractura administrativa, sino también como enfrentamiento de territorios y, lo que es peor, de personas.
Y, desde luego, la propaganda de los partidos a través de los gobiernos autonómicos es infinitamente mayor. Una propaganda sostenida, sin distinción de siglas, en corrupciones y tramas diversas. Andalucía, Madrid, Valencia… Un gran éxito del Estado de las Autonomías, sin duda.
La propaganda (y corrupción) en Cataluña y en el País Vasco alcanza unos tintes de peor calaña. Ya no se trata tanto de sostenerse en el poder, sino de crear enfrentamientos, de enarbolar, de modo más o menos expreso según los casos, un supremacismo inicuo de presuntas (e inventadas) razones históricas y biológicas.
Sánchez ha destacado por la falta de criterios sólidos y estables para defender la democracia y la ley ante la actual crisis en Cataluña. Le ha salvado no gobernar, como a tantos cuyo único argumento es pedir acción del otro, ante la ausencia propia de una personalidad propia bien definida y la carencia de argumentos profundos sobre la actuación política en escenarios de riesgo.
Buen mirado, una de las pocas perspectivas buenas de que gobierne Rajoy es que así no lo hace Sánchez. No es mérito del gallego, cierto, pero como consuelo tiene un pase.