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EL RECTOR de la Universidad pública de Salamanca busca su magnífico lugar en el mundo. Conocedor de la topografía (del poder) se muestra equidistante. Hay que tener siempre a mano una barandilla a la que agarrarse. En el asunto de la Cátedra de Tauromaquia ha intentado una frágil, inconsistente e impúdica faena de aliño, sabedor, parece, de sus carencias en valor y arte.

La equidistancia, salvo para el punto que marca el centro de un círculo, cuestión ésta obligada en geometría (la otra materia en la que es experto el rector), evidencia mediocridad y cobardía. Ambas, la mediocridad y la cobardía, están proscritas en la cultura de la tauromaquia. En la gestión de instituciones pueden dar grandes resultados. A la realidad me remito. Y a las instituciones catalanas, incluidas sus Universidades.

Aceptar, respetar, y si corresponde por el cargo, hacer ejecutar las reglas del juego, suponen un básico principio de convivencia humana. Un principio, diría, predemocrático, pues se atiene a la dignidad de las personas y sus instituciones, sin necesidad, incluso, de que nada ni nadie lo declare. O así debería ser.

El rector ha manifestado que no se debe alimentar el fanatismo. ¿Son fanáticos quienes iban a asistir a la inauguración de la Cátedra de Tauromaquia, cultura reconocida por la Ley 18/2013, emanada de un parlamento en el que reside la soberanía nacional? ¿O eran fanáticos, quienes con sus insultos y miradas inyectadas de odio, contaron con su colaboración necesaria para que el acto se suspendiera?

Afortunadamente, tras dos mandatos, deja usted el oro del Rectorado, y vuelve a la plata de la cuadrilla. Vaya usted de tercero, ya sabe, el banderillero que da la puntilla al toro. Es, parece, para lo que se ha entrenado haciendo uso del cargo.

Escribo estas letras el sábado, porque mañana domingo (para mi, ayer para ustedes), gozaré del toro en el campo charro y los viñedos en tierras toresanas. Mientras otros votan en su entelequia delirante, yo prefiero reflexionar sobre los placeres de la vida entre amigos.