La conga de Jalisco
CINCO años después, la Ordenación del Territorio, que iba a nuclear la política de la Junta en esta legislatura, sigue no sólo estancada, sino sometida a los vaivenes de una conga que viene y va, demostrando lo fácil que es, si los bailarines saben mover los pies. Bromas aparte, parece conveniente aprovechar la pausa del verano para volver la mirada sobre el propósito de ordenar la presencia de las administraciones en el territorio. Una norma que permanece anclada entre las zancadillas populares y el desdén del resto de la cámara.
Y sin embargo, la Ordenación del Territorio no fue una ocurrencia veraniega ni es un endemismo español. Más bien ha sido su carencia la generadora de frecuentes disfunciones. Porque se trata del instrumento que planifica el despliegue en el territorio de los servicios esenciales. Antonio Reguera, catedrático de la Universidad de León, ha estudiado su evolución en la España contemporánea y los anhelos del despotismo ilustrado, que tanto se parecen al ensueño de algunos presidentes de Diputación actuales. Más a los que atienden al silbo disgregador que a quienes participan en el proceso de maduración de una ley para mejorar la prestación de servicios a quienes vivan en la ciudad o en los pueblos.
Los primeros palos en la rueda los fueron colocando con astucia cunicular algunos cargos populares con responsabilidad en el gobierno de las diputaciones y asiento en la Federación de municipios y Provincias. Sucedía todo esto en el verano de 2012, cuando el gobierno de Rajoy aún procedía con soltura y ni siquiera olía las mermas por venir. De aquellas advertencias de Montoro, derivó la ocurrencia de Beteta. Los papeles para la poda los hizo un garito de consultoría. Se suprimían el treinta por ciento de los concejales, todas las Juntas Vecinales, y los Ayuntamientos que no anduvieran listos, pasarían a ser gestionados por su Diputación. Como Rajoy en su estreno fue presidente de Pontevedra, cuando recibió a sus colegas, le hizo gracia el arreglo. Al fin y al cabo, a quién le importa el centón de munícipes o esa antigualla de las pedanías.