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SUCEDIÓ el otro día en el embalse. Como un reguero de vida, a sus orillas llegaron niños, jóvenes, mayores y ancianos con la sonrisa y la lágrima en sus rostros y la mirada perdida sobre el desolador paisaje de un pantano casi vacío por la sequía que enseñaba cruel el esqueleto de su pueblo. Paradojas de la vida ¿Y para esto nos fuimos? Ese día se sumó al paisaje la fuerza de los Viriatos de Fariza que ondearon en la explanada de la ermita de la Cruz de Mayo, a la orilla de embalse de Almendra, que en justicia debiera llamarse de Argusino, porque fue el pueblo zamorano que lo dio todo.

Junto a mí, Carolina, una joven terracampina, alcaldesa de Gascón de la Nava que venía desde un lugar de Palencia. Y es que en su pueblo de «colonización» viven familias de Argusino. Hace cincuenta años, en el atardecer de un 16 de septiembre, las aguas del embalse de Almendra anegaron para siempre las últimas ruinas y cortinos de una aldea sayaguesa llamada Argusino.

Desde ese día sus habitantes perdieron su pueblo, se lo borraron del mapa. Se apagó del todo para que en el resto de España pudiésemos encender la luz de las calles, de las casas y de las fábricas. Así contribuyeron unos humiles sayagueses al progreso de todos. Renunciando al bien más preciado de las personas, el de la pertenencia a una tierra, al solar de sus mayores. Ya nunca más escucharon el tañer de sus campanas, ni volvieron a ver sus cortinas verdes llenas de ganado.

La aldea sayaguesa de Argusino fue una más de las cerca de medio millar de poblaciones que pasaron por el holocausto de agua en España. Estos días los descendientes de Argusino de Sayago se reunieron al lado del embalse para reivindicar con risas y lágrimas, al son de la dulzaina, su memoria histórica.

No he visto jamás un pueblo tan vivo en toda su dimensión, ni una juventud rural tan volcada en sus raíces. Si no fuera por lo que duele, cuántos pueblos de esta región debieran ser sumergidos un poco por olvidar su memoria y consentir que se ahoguen del todo sin hacer nada por impedirlo.

¡Argusino vive! Es el grito de guerra de argusinejos y argusionejas. Y es verdad que yo lo vi la otra tarde en el pantano de Almendra donde amaneció Argusino.