Creado:

Actualizado:

LA HERIDA abierta y fresca del fin de la minería, decretado al atropello, fue dejando buena parte de la montaña leonesa sembrada de boquetes y enclaves peligrosos que tampoco ahora nadie se ha encargado de remediar con un cierre civilizado, de manera que sus núcleos mineros siguen teniendo trampas pendientes de aquella actividad extractiva, si los propios pueblos no se ocuparon de taparlas o al menos disimularlas a sus expensas. Y no me refiero únicamente a las escombreras que maltratan y ensucian el paisaje, sino a los pozos camuflados como trampas en el gruyere del abandono.

Estos pozos verticales solían tener encima un castillete de hierro, cuya singularidad centenaria ha hecho que varios ostenten la distinción de Bienes de Interés Cultural. Por ejemplo, los pozos Calderón de Laciana o Ibarra de Gordón. Sin embargo, en los casos más numerosos en que las explotaciones no rebasaban la condición de chamizos, aquellos pozos fueron despojados del castillete, tan codiciado como ferralla. Evaluando las cantidades de dinero público malgastado en fondos mineros a lo largo de las últimas décadas, hay que reparar en la catadura de los responsables gubernamentales de Energía para confrontar ese paisaje legado a nuestra montaña vacía con la cuenta de gastos. Claro que en la cueva de Monipodio que fue el ministerio hasta los tiempos de Soria, estas consideraciones traían al fresco, ya que han sido las empresas eléctricas las que iban regulando su mercado.

De hecho, en los seis meses que llevamos consumidos de 2017 el incremento del precio de la luz bordea ya el 20% y las perspectivas para el resto del año no son mejores, según las organizaciones de consumidores, que critican la pasividad actual del gobierno, después de un tiempo en que las propias empresas energéticas marcaron las reformas del sector sin ocultar sus membretes comerciales en las propuestas. Así lo revela y pone de manifiesto el rebrincado ex ministro Soria en su enfrentamiento envenenado con Montoro, a propósito de las renovables.