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TODAVÍA se me mueven los pies. Y el alma. El caso es que alguien de la casa tuvo el detalle de invitarme al concierto del violinista Ara Malikian, el pasado viernes, organizado para celebrar por todo lo alto el XXV aniversario de EL MUNDO de Castilla y León. Quien quiera que fuera el que eligió a este artista libanés, no pudo dar más en el clavo. Si el periodismo persigue la verdad de los hechos, y en eso EL MUNDO ha demostrado valor y constancia sobradamente, el arte de este peludo músico consigue, no sin sudor, desvelar la verdad del alma.

Y pensar que estuve a punto de no ir, y que le propuse a mi hermana que buscara acompañante. Uff… Pero ella, y mis sobrinas mañas, Julia y Marina, que también son jóvenes músicos, me dijeron que no se me ocurriera dejar de ir. Que me pesaría el resto de mis días.

El caso es que si me hubieran propuesto ir a escuchar a Paganini, o al más desternillante actor del Club de la Comedia, o a un entusiasmante espectáculo gimnástico de body combat, así, por separado, ni me lo hubiera pensado. Y Malikian es todo. Todo todista. Y por si faltara poco, dada su conexión maña, dejó caer alguna palabra terminada en ico, así que me ganó para siempre.

Nada en Malikian es mediocre. Ni común. Su origen libanés, su singladura vital, dolorosa y poliédrica, hacen de él un ser ungido de misterio y sencillez, de cercanía e inaccesibilidad, de potencia y ternura. En unos segundos puede trasladarte a su imaginativa y desternillante historia con los percebes gallegos para, por arte de birlibirloque, con una amplia sonrisa hospedada en tus labios, sumergirte en una sublime y telúrica partitura de Bach.

El dinámico virtuosismo de Malikian es la expresión de quien alberga la concreta convicción del valor de cada instante, de quien profesa admiración por la memoria de su gente, de quien comparte lo mejor de sí mismo, de quien sabe ser simpático sin ser zafio, pues huye de lo fácil para permitir que cada ser humano se reconcilie con lo mejor de sí mismo.