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LOS PALMETAZOS de la justicia tienen sus ecos, y cuando descargan sobre asuntos de corrupción, incluso secuelas. Como nuestra Cruz de Mayo vino zarandeada por el escándalo de la trama eólica, nadie podrá hacer mohines si nos toca transitar la primavera entre ruidos y enredos. La pillada eólica puso de inmediato en la parrilla los asuntos conexos del manejo pirata de la Perla Negra y el pelotazo rústico de Portillo, porque sus protagonistas son los mismos. Y trasladó la cabronada de Madrid a Valladolid, demostrando que en todas partes cuecen habas. Ahora incluso sabemos ya que la piada eólica ante el juez comenzará el 2 de junio, para celebrar a san Marcelino. Y ya entonces se hará insostenible, si no lo hubiera sido desde el principio, el despeje de la consejera portavoz, cuando dijo que la trama eólica no es corrupción política ni corrupción administrativa, sino transacciones económicas entre particulares.

Desde luego que es corrupción política asentada en trampas administrativas. Y su botín, cuantificado por la fiscalía en ochenta millones, es una dentellada de tiburón en el patrimonio común. Es corrupción política porque se perpetró desde la esfera política y corrupción administrativa porque se ejecutó con engaño, violentado normas mediante una triquiñuela declarada ilegal por la Intervención del Estado. A efectos de cuantificar el daño, habría que sumar al importe de la mordida (que la consejera portavoz despacha como «transacciones económicas entre particulares», cual si fueran pellizcos monjiles), el lucro cesante.

Es decir, los beneficios para la colectividad apropiados por los corruptos. Que no son migajas, por cierto. Peinando este primer bucle, la trama eólica es corrupción política, porque fue ejecutada por políticos durante su empleo público, y también administrativa, pues la jugarreta se perpetró durante años en el seno de la administración, sin que ninguno de los órganos encargados de vigilar su correcto funcionamiento (que no son uno ni dos, sino más bien legión) advirtiera la pillería del ardid puesto en práctica por Rafael Delgado para repartir chispazos entre sus adictos.