Pene, vulva e ideología
RECUERDO cuando, hace ya unos años, un juez me indicó, durante un juicio, que la palabra minusválido debía cambiarla por la de discapacitado. Al parecer, la primera, era ofensiva. A mi entender, significan lo mismo. Las ideologías pesan mucho, demasiado, incluso en los tribunales. La Justicia es ciega, sí, pero suele cojear de algún pie. El caso es que yo no corregí mi expresión, del mismo modo que a su señoría de corregirle alguien deben ser los magistrados de la Audiencia Provincial. Y suelen hacerlo.
El lenguaje expresa el nombre de las cosas, así que debería ser tratado, ese mundo de las palabras, como un país neutral. No inocuo, pero sí libre de tendenciosidad. Es mucho pedir, lo sé, para los tiempos que corren, en los que las mentes, mayoritarias, dispersas, deambulantes por las calles del criterio humano del razonamiento, y estupefactas a la hora de elegir el asidero existencial al que aferrarse, depositan en las ideologías su (des)confianza, abren ahí su cuenta corriente, domicilian el seguro del hogar y contratan una caja de seguridad para usar en caso de mínimas conversaciones con gente de su entorno.
Llegados a este punto ha aparcado en el estacionamiento ideológico un autobús con unas frases tan simples como intencionadas. Las frases del pene y de la vulva. Y de que no nos engañen. Debo reconocer que, personalmente, ajeno a ideología alguna, el tenor literal de las frases no me parece ni bien ni mal. Todo parece indicar que pudieran estar extraídas de un manual de anatomía o biología humanas. Incluso, conforme un meme que me llegó el sábado, su contenido y sentido no sería discordante con las expresiones que pueden escucharse en una consulta de ginecología durante los primeros meses de gestación de un ser humano.
El problema, o la polémica, viene más de la interpretación que de la literalidad de las expresiones. El hecho de que las frases provengan de una entidad muy marcada en su propia ideología no debe significar, al menos no para un Tribunal, que el texto sea delictivo. No se trata de rechazar, ni en amparo legal ni en reconocimiento de dignidad, aquello que suponga una diferencia de la norma general. Tampoco de criminalizar palabras por presumir una ideología a pie de página.