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Quiero mucho  a este partido, mi partido, un partido abierto, sin bandos, sin sectarismos, un partido del que sentirse orgulloso, al que se le debe  respeto y que merece que todos los que somos socialistas actuemos con responsabilidad y sin caer en el cortoplacismo. ¡Sigamos!... Seamos sinceros hasta herir, fustiguémonos públicamente por no tener un pensamiento único, hagamos autocrítica, pero recordemos aquello que tenemos en común. Ningún socialista olvida sus ideales y es el momento de apelar a ellos y agarrarnos a ese espíritu de anteponer el bien colectivo a cualquier otro objetivo como nuestra tabla de salvación.

Jamás en nuestro PSOE entendimos la línea recta como el único y más sencillo camino entre dos puntos. En el ADN socialista no está dejarnos  embaucar por dicotomías simples y perversas: si o no, ahora o nunca, conmigo o sin mí, habla hoy o calla para siempre. No caigamos, por lo tanto, en el blanco o negro, no sentemos cátedras. Rechacemos un partido uniforme y uniformado, debatamos, hablemos, discutamos, dialoguemos, pero, ante todo, pongamos lo mejor para España por delante de lo mejor para el PSOE y, sobre todo, de lo mejor para las personas, y recordemos que la historia del PSOE es la historia del sacrificio de hombres y mujeres que se dejaron hasta el último aliento sin ni siquiera atisbar el resultado de su entrega. Somos herederos de un legado que debe permanecer omnipresente en cada una de nuestras decisiones.

Como dijo Rubalcaba, quiero al PSOE con todas mis fuerzas, me siento orgulloso de sus fundadores, de sus más de 137 años de Historia plantando cara a las injusticias, a la falta de derechos y de libertades. Estemos a la altura.

Hoy me duele el PSOE, porque te duele aquello que sientes…  y me duele especialmente España y, si tengo que elegir, elijo sacrificar esa terapia que obviamente necesita mi partido para sanar primero ese dolor colectivo y con él aliviar una sociedad que exige soluciones. Hay prioridades y principios, como en la vida, como en nuestro partido, que no se pueden negociar.

Como nos recomienda Machado “hablemos al corazón y la inteligencia”.