Robleda en la memoria
ROBLEDA es un pequeño pueblo del suroeste de Salamanca, de poco más de 500 habitantes, que ha perdido en ochenta años casi una tercera parte de su población. Hoy sobrevive de su secular abandono, creciente envejecimiento y abundante emigración gracias a su menguada ganadería y a su riqueza forestal.
Ser uno de los nietos del boticario que atendió la farmacia local durante buena parte del franquismo me permitió conocer en mi infancia una versión sesgada de los crímenes impunes que se cometieron en Robleda tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936. El lunes pasado se «celebró» el ochenta aniversario de aquel «alzamiento» sin que los jueces hayan depurado tanta responsabilidad por el terror y el sufrimiento acumulado que ocasionaron aquellos militares y los poderes económicos, judiciales y eclesiásticos que apuntalaron su régimen.
Gracias al profesor José Alonso Pascual pude conocer mucho tiempo después que en pocos pueblos como en Robleda «el odio y el sufrimiento» habían llegado a tanto. Cuenta este historiador cómo se destrozaron familias sin contemplaciones, «dejando en los supervivientes y descendientes un lastre psíquico, un pisoteo en toda regla de la dignidad humana y un personal y vital sentido de derrota», de cuyas huellas y horrible pesadilla no se han podido librar del todo algunos robledanos. Nada menos que 20 víctimas de cada «bando» en un pueblo con 1.300 censados aquel 18 de julio. Conozco y he conocido muy de cerca a familiares de «paseados», personas con una dignidad, entereza y talla humana sin parangón, a las que el Estado nunca pidió perdón por tamaña barbarie.
Me cuenta el alcalde de Robleda, José Luis Varas, que hace tiempo «el enfrentamiento era bestial» y que hoy la gente ya «ha pasado página». Pero, también que él quiere justicia para sus vecinos. Como en tantos lugares de la geografía nacional, hay cadáveres de asesinados sin identificar en alguna cuneta. «Si hubieran matado a mi abuelo, me habría gustado que estuviera enterrado junto a mi madre», añade este regidor.
Que nunca vuelva a ocurrir algo similar. Garantizar ese compromiso exige cumplir a rajatabla la Ley de la Memoria. El PP debe salir de su racanería y ponerse del bando de los que exigen un punto final para tamaña humillación. Acaba de hacerlo la Diputación de Valladolid. Ochenta años después, siento como propia la memoria de pueblos castigados por el odio como Robleda. Memoria no es rencor, sino compromiso con el sufrimiento.