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ANTES DE inmolarse en la horca del embuste, el amortizado ministro Soria tuvo un largo ejercicio de cabriolas en la cuerda del engaño, del que fue saliendo con diversas rozaduras y daños irreparables siempre a terceros. Desde el cohecho salmón a la procuradoría eléctrica de su mujer Carmina Benítez, que se saltó todas las incompatibilidades estéticas y morales. Se ve que el resuelto Soria no tenía dudas con semejantes menudencias, por más que un par de leyes sucesivas fijaran los límites a su actuación como alto cargo. Venía aprendido de la escuela del descaro que abrió Solchaga en los ochenta, cuando se produjeron los primeros derrumbes con arrastre de gente elegante: Caso Ibercorp, Mariano Rubio y otras prendas.

A las alturas de 1994, que la justicia nunca ha sido diligente. La torpeza de Soria fue no alcanzar a ver que ya había caído incluso el resuelto inquisidor parlamentario de aquel auto de fe al gobernador del Banco de España. Porque han corrido siete años desde que Sánchez Moltó fue descabalgado de la presidencia de la entidad manchega, por falsear las cuentas de la primera Caja intervenida. En cuanto el canario fue pillado en la charca panameña, tuvo que pedir un traje en el hotel, porque estaba disfrutando funciones vacacionales en Lanzarote. Ya desde el arranque se vio que aquellos enjuagues no eran normales, por más que el ministro salmón nunca lo haya sido. Pero puso arrojo en la embestida, pretendiendo que la concurrencia tragara una vez más el anzuelo.

El primero que salió en su auxilio fue nuestro paisano Maíllo, alcalde de Casaseca de las Chanas y número tres de su partido. Maíllo es un intrépido, que si bien todavía no se maquilla como el inefable Floriano, tampoco tiene su desparpajo lisonjero. Y a menudo olvida que el nombre medieval del pueblo zamorano que gobierna fue Cagajones. Ni más ni menos. Y en vez de aprovechar el recurso para explicar las redenciones que facilitan las mudanzas, es el primero en tratar con disimulo el boñigo de un ministro en función vacacional y con trajines fiscales. Tampoco fue el único. Menos mal que Rosa Valdeón y Montoro fueron esta vez implacables en el reproche, señalando la incompatibilidad entre el rango ministerial y los paraísos fiscales.