Hablar por hablar
Estábamos tan hartos de aguantar el descaro de unos políticos que han echado a perder el trimestre por su incapacidad para alcanzar acuerdos, cuando acaban de mostrarnos que esa limitación no afecta al cuidado de su bienestar personal. Ahora ya sabemos que además de lancear al adversario y de entretenerse pintando rayas excluyentes, también dominan otras suertes. Pero resulta que esa tara para entenderse en lo que importa la aliñan con un despilfarro que supone un pastizal. Eso sí, proceden por fases, como siempre ocurre en las estrategias de engaño. Primero, la carga de su sostenimiento ordinario, y luego lo que nos espera al otro lado del desacuerdo: una nueva derrama de 160 millones de euros tirados al agujero. Es cierto que calcular el coste de unas nuevas elecciones es pretensión tan vana como echarle cuentas a un río: una quimera inaprensible y escurridiza. Eso sí, mientras tanto, discuten, se abroncan o patalean, porque lo único que tienen claro son sus rechazos. Estos días de merecidas vacaciones escolares han acabado enturbiados por el mal ejemplo de una clase política en desbandada. Después de tres meses sin alcanzar acuerdos, siguen amagando sin dar un paso y haciendo novillos cada vez que pueden. Claro que también saben amañar pactos y arreglos para distraer el tedio de ver cómo pasan y discurren los días sin dar palo al agua. Las nuevas elecciones de junio, aparte de aguarnos las fiestas, suponen un mordisco considerable a las arcas públicas. Durante un tiempo se entretuvo la expectativa con conjeturas sobre a quién beneficiaría el nuevo paseo a las urnas. Más allá del mejunje predictivo, donde cada cual trata de premiar a sus afines, quienes seguro pillan son los propios causantes del desastre: 21.167 euros por escaño más 0,81 por voto recibido. Una lluvia que redondea ingresos millonarios a los partidos. Como ya aprendimos en diciembre, quienes no repitan escaño también tendrán un colchón retributivo que no los deje a la intemperie.