La Pasión de Unamuno
LA CIUDAD de los Almirantes organiza una Semana Santa que ya impresionó a Unamuno por su fidelidad a la tradición, por el fervor procesional y por la excelencia artística de los pasos que recorren sus calles. El atractivo se corresponde en este caso con la expresión de una tradición secular, que nos pone en contacto con una parte de su excepcional patrimonio escultórico y revela la entidad de este núcleo histórico en sus tiempos de pujanza y prosperidad. Alrededor de dos mil cofrades distribuidos en dieciséis hermandades nutren un programa procesional que se extiende por todos los días de la Semana Santa.
Los actos comienzan el sábado anterior al domingo de Ramos con el pregón, que tiene lugar en la iglesia de San Pedro Mártir y en presencia de la Vara Mayor, insignias y demás emblemas penitenciales. Previamente ha recorrido sus calles y corros la proclama del pregón, que convoca a la ciudad a la celebración entre redobles de tapetanes, toques del Pardal y música de la banda de cornetas y tambores. Tapetanes y Pardal son piezas singulares del mosaico tradicional de la pasión riosecana.
El Pardal es el cofrade que rasga el silencio con los sones quebrados de su trompeta, intermitentes y agudos, que recuerdan los reclamos canoros del pajarillo terracampino del mismo nombre. Los tapetanes ponen el contrapunto grave de su bordoneo monótono. Son los tambores que replican y amortiguan los lamentos del Pardal. También la Vara Mayor, un bastón sepulcral de dos metros aliviado por las borlas con los colores de las túnicas cofradieras y coronado por una cruz, es un elemento singular de la Semana Santa riosecana, que preside todas las ceremonias pasionales.
Las procesiones más notables de Medina de Rioseco desfilan el domingo de Ramos, el miércoles, el jueves Santo, el viernes y el domingo de Pascua. La procesión del Mandato embelesó a don Miguel de Unamuno en un atardecer de abril. El ceremonial del jueves Santo en Medina de Rioseco, entre túnicas de terciopelo morado y paños negros castellanos, exhibe en su recorrido una selección de pasos de los siglos dieciséis y diecisiete y concluye con la entonación colectiva de la salve en el corro de Santiago.