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El toreo sobrio, poderoso y mayestático de Santiago Martín El Viti en sus tardes de gloria cautivó a la afición más selecta de una época condenada a padecer la extravagancia tremendista y ruidosa de unos toreros con seguimiento multitudinario pero sin ningún arte. Su apodo deriva del nombre de su pueblo, Vitigudino, faro de las dehesas y rompeolas de la Charrería. Es el único torero que ha recibido el Premio Castilla y León de las Artes, en 2009, y doce años antes el Ministerio de Cultura lo distinguió con la Medalla de Oro de Bellas Artes. Ahora estrena el Premio de Tauromaquia de Castilla y León.

De la escuela de Belmonte, su media verónica con el capote quedó en la historia del toreo, sin que nadie haya sido capaz de igualarla. Su sobriedad en los adornos con la muleta le hacía componer una silueta escultórica, imposible de olvidar para los buenos aficionados. Santiago Martín nació en una familia artesana, dedicada a fabricar y arreglar carros, y su contacto con las dehesas cercanas despertó en él muy pronto la afición a los toros. Ya adolescente, frecuenta las capeas y debuta de luces en su pueblo en las fiestas de Nuestra Señora de agosto de 1956. Empieza a entrenar asiduamente en la finca de Garzón, ganadero de su zona, y en 1957 ya torea con picadores en Ledesma.

Destacó especialmente su presentación en Las Ventas, el coso en cuyo albero cosechó cuarenta trofeos y cuya puerta grande abrió dieciséis veces. Además de las virtudes que exhibió a lo largo de su carrera, que se resumen en valor, sobriedad, elegancia y firmeza, El Viti sobresalió por la eficacia de que hacía gala en el trance supremo de entrar a matar.

Sus estocadas eran pausadas en su ejecución, certeras y fulminantes. Su despedida de los cosos dejó un vacío irremediable entre los aficionados que gustan de la sobria pureza del toreo valiente y sin adornos. Se retiró en 1979, en la feria de septiembre de Valladolid, después de haber lidiado más de 800 corridas.