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ESTE JUEVES se cumple el centenario de Saturnino Calleja, el editor burgalés de libros infantiles cuya huella logró convertir su apellido en antonomasia del cuento. «Más cuento que Calleja» sigue siendo una expresión todavía habitual en el lenguaje de nuestros días. Lo que resulta del todo improbable es que esa memoria colectiva incorpore la auténtica dimensión de un personaje volcado en la batalla por la educación, el libro y la filantropía. Porque Saturnino Calleja fue mucho más que un próspero editor. Toda su actividad estuvo marcada por la preocupación de difundir la cultura y elevar la formación de los españoles.

Para ello, se centró en los libros escolares y en la edición atractiva de los cuentos que leían los niños europeos de su época, en el tránsito al siglo veinte. Saturnino Calleja incorporó una estrategia audaz al mundo editorial de la época: publicó grandes tiradas de los libros, con un pequeño margen de beneficio que abarataba los precios, y los ilustró profusamente con dibujos de los mejores artistas. Los manuales escolares eran entonces escasos, caros y malos. Calleja los sustituyó por otros orientados por las modernas tendencias pedagógicas que ilustró profusamente, siguiendo su lema de todo por la ilustración del niño, y los repartió por las escuelas de los pueblos españoles. A menudo, a su costa y como parte de esa labor de siembra que guió su actividad.

Consideraba prioritario fomentar la lectura en los niños y facilitar el acceso a los libros de los estratos sociales más desfavorecidos. Para ello, puso en marcha formas de venta nuevas y audaces, que acompañó con un esfuerzo de distribución considerable, tutelando librerías por todo el país y abriendo delegaciones en Filipinas y América. La Editorial Calleja llegó a ser la más popular en España y contó durante unos años con Juan Ramón Jiménez como director literario. En su catálogo apareció Platero y yo (1914), así como obras de Azorín, Pérez de Ayala, Moreno Villa, Manuel Azaña y Luis Bello.