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ACABO de rematar la lectura del libro El ruido del Duero, editado por este diario, y escrito por mi buen amigo Fernando Lázaro y, aunque lo que se tercia es una siesta sabática, la cabeza no deja de darme vueltas. Imposible cerrar los ojos y sumergirme en un merecido reposo. Ya saben, las elecciones. Mi reflexión es puro ejercicio de teorizar, porque en eso de seleccionar el voto siempre lo he tenido muy claro. Clarísimo. El voto de silencio. Si bien, he de reconocerlo sinceramente, no creo que hubiera durado más de dos minutos en un cenobio.

A mí me llaman la atención muchas cosas de las campañas electorales. Entre ellas, que son épocas en las que los políticos piensan. Bueno, tienen ocurrencias. La otra, constatar cómo el dicho de que viene el lobo sigue vigente. El lobo son los contrarios de cada cual, y el mero anuncio de su potencial presencia se intuye que puede favorecer que los adeptos fidelicen su adscripción, y algún despistado/indeciso suelte la gallina por un temor que no se sabe muy bien de dónde procede y si tiene una mínima base racional. Pero por si acaso…

Así las cosas, las campañas electorales demuestran de qué chistera salen los votos y por qué se decantan por unos o por otros. Y, así, nos encontramos con que la política y el fútbol deben estar instaurados en la misma zona neuronal. Tradición familiar, antiguas afrentas, mera postura (mejor dicho, impostura) o imagen, acudir en auxilio del vencedor, estos son mis colores, etc, etc, etc. No todas las personas, desde luego, pero me da la impresión de que la mayoría no votan por criterios razonados y reflexionados, o por hondas y cimentadas razones éticas. Votan a unos o a otros por lo mismo que gusta que gane el equipo de tu ciudad, y en su defecto el Madrid o el Barcelona.

Mientras en la mente de las personas siga existiendo que se es de derechas o de izquierdas, seguirá existiendo la política de pago. Cuando la lucidez acampe en los razonamientos, la vida pública se emitirá en abierto.