Escondite inglés
TODO este ruidoso trajín de mitineo con el que transitamos mayo, se acaba resumiendo en una pillería de juego infantil. De repente, la sucesión de encuestas, cuyo resultado sólo complace a quienes va dejando vivos, ha encontrado su réplica en el batacazo demoscópico de Inglaterra. Si los cálculos no pintan halagüeños, nos acogemos al escondite inglés. Para ver si va despejando el panorama con los esfuerzos de campaña. Porque nada está escrito antes de Pentecostés, que siempre fue una fecha litúrgica de regocijo. Pero lo malo de mirar a las islas, es que allí la decepción se cura con despedida. Y eso tampoco gusta demasiado. Por si acaso.
De momento, la campaña reduce su aliciente a unos cuantos envites, de los que cada cual va saliendo como puede. Porque quienes se acogen con fruición al traspié inglés, deduciendo que algo así acabará ocurriendo aquí, no reparan en las diferencias que todavía separan aquella democracia de la nuestra. Por ejemplo, esa acreditada incapacidad para debatir y contrastar programas. Metidos en el juego de la pillería infantil, podemos escuchar al increpado para el debate cómo se revuelve invitando a ser consecuente con la derrota al adversario que no miman las encuestas. Dimitiendo tras el recuento. Pero sin aceptar en ningún caso la exigencia civilizada del templado contraste de ideas.
Espigando en el revuelo de estos días, aparecen asuntos dignos de elucidar. El primero y esencial es la trasteada minería del carbón, que después de años de desprecio rebrota en la campaña. Quizá sea la última oportunidad para dignificar unos funerales a los que ya han puesto fecha.Desde luego, el candidato Herrera se ha mojado hasta anteponer el compromiso con la minería al debido a su partido. La patata caliente que se le presenta a Herrera en plena campaña tampoco es un lindero que salten galgos de secano. Requiere decisión e influencia. Si una se supone siempre a un político, la influencia desde luego no le ha de faltar en el panorama que se avecina.