Diario de Valladolid

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EL RUIDO de las listas con sus pregones apenas deja espacio para asuntos de mayor enjundia. Y sin embargo, aunque a veces llegue a parecer que no es así, suceden otras cosas. Por ejemplo, la aparición de Blitz, la nueva novela de David Trueba, escritor y cineasta que tiene su pueblo en Villafrades de Campos, junto al Sequillo. Acabo de empezarla, como regalo de cumpleaños, y no me supone ningún riesgo afirmar que se trata de una apuesta literaria solvente, muy lejos de los apaños que acechan a los famosos. Claro que inmediatamente hay que precisar la condición de escritor de Trueba, cuya anterior novela, Saber perder, recibió el Premio Nacional de la Crítica, como la mejor obra narrativa de 2008 en España.

El Premio de la Crítica ha distinguido en sus 58 ediciones a una docena de escritores nuestros: Fernández Santos, Nora, Delibes, Claudio, Colinas, Chacel, Merino, Mateo, Jiménez Lozano, Umbral, Trapiello y Egido. Sólo Fernández Santos y Mateo han repetido. La literatura de David Trueba despegó con un vínculo evidente al lenguaje del cine y al universo generacional. Deuda o provecho de estructura narrativa y también de dicción, de ritmo. En ese sentido, Cuatro amigos (1999) tiene mucho que ver con las pelis de carretera. Pero no se trata de un trasvase sin más. Llama la atención su destreza en los diálogos, que vehiculan un humor oxigenado por el lirismo. Eso lo distingue de otras propuestas generacionales en las que el descaro no alcanza a disimular su vuelo gallináceo y carente de ambición.

Era su segunda novela, después del estreno con Abierto toda la noche (1995). Saber perder agrupa peripecias de fracaso en un relato de pegada contundente. Trueba fue pregonero hace unos años en las fiestas de Villafrades y dejó un retrato impagable de los excesos jaraneros de las peñas y del dispendio con que localidades casi deshabitadas tiran la casa por la ventana. Ahora Blitz despega con un equívoco de móvil y novela una pasión muniquesa, en el corazón de Europa.

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