La España vacía
VOY A reparar en dos de las noticias que han acaparado buena parte de la atención durante la última semana: en el plano nacional, la presentación en sociedad de la pintura en que Antonio López ha retratado a la familia real de España; en el plano regional, las declaraciones de Herrera en que no despejaba las dudas sobre su esperable candidatura a la presidencia de la Junta en las próximas elecciones. Aparentemente, poco o nada tendrían que ver entre sí. Y en términos generales así es.
Sin embargo, por un momento se han fusionado en mi retina los grupos de una monarquía que da la impresión –cada vez mayor– de interinidad y de un gobierno autonómico con un aire crecientemente provisional. A mí, debo confesar, la pintura de Antonio López ni me entusiasma ni me convence: en ello coincido con los pocos que –como Carmen Rigalt en las páginas de La Otra Crónica– se han atrevido a decirlo. Pero difiero sin embargo de la apreciación que en su magnífico texto al respecto hacía esta gran cronista de la vida social española, cuando opinaba que frente a otros retratos de familias reales en el pasado –como el de Goya– éste carecería de «intención». Para mí la diferencia estriba en que no hay quizá intencionalidad sobre los personajes de López, pero sí sobre su situación, su circunstancia, su ambiente.
Lo que se percibe en su retrato real es una atmósfera de transitoriedad, casi de familia que se va de vacaciones o viene de un viaje por avión: de una familia que vive un tiempo de mudanza o recompone su atuendo en la sala Vip. Una familia que pasa sus últimas horas en una habitación o un país vacíos. Si al otro lado pusiéramos esos cuadros dedicados a bolsas y maletas de otro hiper-realista como Toral, tendríamos el relato completo. Y ahora entiendo por qué una y otra noticia probablemente tenían en el fondo más que ver de lo que parecería a simple vista. Uno y otro grupo se hayan en tránsito pero aún no lo saben... Con todo su equipaje ya embalado y la casa por cerrar.