BODEGAS BRIEGO (DO RIBERA DEL DUERO)
Una hija del páramo de Fompedraza
Andrea Benito estudió Enología en Palencia y ya está incorporada en la empresa familiar

Andrea Benito, en la sala de barricas de Bodegas Briego.
Andrea luce un apellido que suena a paramés, a Churrería, y que nadie se asombre, porque La Churrería es la comarca vallisoletana donde el nombre de una raza de oveja, la churra, hoy se mide con la fuerza y la dimensión de una variedad de uva, la tempranillo, dentro de la DO Ribera del Duero, una de las menciones geográficas entre los vinos de calidad de toda España. Andrea Benito lo lleva en la sangre. Se puede decir que cuando empezó a caminar los majuelos de la familia fueron su primera pista. Estaba escrito que no tardando terminaría estudiando Enología. Y así lo hizo en Palencia, en la UVA, que, por cierto, es una de las canteras de profesionales de la enología con mayor predicamento de Castilla y León.
Andrea, la nieta de Gaspar Benito, el de Fompedraza, ha conseguido su sueño y, tras pequeñas estancias en Francia en Italia y después de trabajar al lado de vecinos de gran calado enológico como Tomás Postigo o Bombín en Legaris, ya está incorporada en la empresa familiar. Y es que Andrea, que hoy comparte como enóloga los criterios y la responsabilidad del diseño de los vinos con el veterano Antonino Izquierdo, ha encontrado su hueco en la gestión, la administración y la parte comercial de la bodega. Aún me acuerdo de la inauguración de las nuevas instalaciones en la añada de 2019. Ahí estaba la foto de familia. Esa que marcará por generaciones a todos sus miembros. Aquel día recordé los primeros años de los hermanos Benito -de Fernando, de Gaspar y de Javier- que aún siguen en la bodega, y en la viña.
Siguen haciendo honor al nombre de la bodega, pues no han dejado de bregar en este proyecto que tomó el nombre de la constancia y el esfuerzo: Bodegas Briego. Y aquí es donde entra esa cara actual en la añada del 26, en la que la tercera generación ya comienza a caminar por los líneos y las naves de crianza. Bodegas Briego, situada en lo alto del páramo de Fompedraza, dominando la ladera del Valle del Duero, ha logrado construir un proyecto sólido, con vinos de prestigio contrastado y con más de un cuarto de siglo de presencia en los mercados, habiendo demostrado que en el terruño y en las viñas de altura, reside el potencial de sus tempranillos, que dieron nombre a tantos a tantas etiquetas hoy fácilmente reconocibles. Un buen repertorio de vinos tintos con el que logran satisfacer los deseos del profesional y del consumidor con registros sensoriales totalmente diferentes en función de procesos de fermentación, crianza y procedencia de las uvas en distintos suelos.
Pero hay más. Y sigo centrándome en la joven enóloga Andrea Benito para desbrozar de nuevo la espectacular oferta cultural de Briego. Empezando por una práctica que se viene realizando al lado de las cepas. Se trata de las encinas micorrizadas que producen la tuber melanosporum. A esto unimos que la parcela del enoturismo se ha convertido en algo diferente, ya que en primer lugar hay que subir al páramo. Pero, además, hay que disfrutar de unas instalaciones modernas rodeadas de viñas y encinas que tienen en su interior algo tan asombroso y metafórico como El milagro de las Bodas de Caná. Unido a la sala de exposiciones, un enorme lienzo de 9x5 metros situado en lo alto de una de las grandes naves del interior de la bodega. Briego se ha mantenido con una regularidad que honra a una buena gestión.
No más de 800.000 botellas de producción al año, de las que exportan un 15%, que llegan a Centroamérica, Europa, Canadá, Rusia o China. Todo ello gracias a su producción propia, que procede de las 75 hectáreas de viñedo localizadas en lo alto del páramo de Fompedraza y en Curiel de Duero. Sobre todo, tempranillo, con pequeñas partes de merlot y cabernet Sauvignon. Andrea, nieta de Gaspar e hija de Gaspar, sigue vendimiando el majuelo familiar.