BURGOS
Cuando el calor aprieta, la ciencia protege
Un estudio de la Universidad de Burgos analiza cómo la termorregulación cambia con la edad y busca anticipar los golpes de calor en personas mayores

Carla Collazo, investigadora y profesora ayudante doctor en la Universidad de Burgos.
Cada verano, cuando las temperaturas suben varios grados por encima de lo habitual, el riesgo de sufrir un golpe de calor deja de ser una advertencia genérica para convertirse en una amenaza concreta, especialmente entre la población mayor. No se trata solo de episodios extremos. El aumento sostenido de las temperaturas está modificando la forma en la que el cuerpo responde al calor y obliga a replantear las estrategias de prevención más allá de las recomendaciones habituales.
En esta línea se sitúa un trabajo impulsado desde la Universidad de Burgos, que busca anticiparse a estos episodios a partir de un análisis más amplio de los factores que intervienen. El estudio plantea la posibilidad de medir y prever el riesgo con mayor precisión, combinando variables personales y ambientales para construir perfiles que permitan actuar antes de que aparezcan los síntomas más graves.
La propuesta parte de una constatación clara. A partir de cierta edad, el organismo pierde de forma progresiva su capacidad para regular la temperatura corporal, un proceso natural que se agrava en entornos cada vez más cálidos y en territorios con una población envejecida. Sin embargo, los estudios disponibles siguen siendo limitados cuando se centran en personas mayores, lo que dificulta ajustar las recomendaciones a situaciones reales.
La responsable de este estudio enmarcado en el grupo de investigación CYS es la Dra. Carla Collazo Riobó, investigadora y profesora ayudante doctor en la Universidad de Burgos, donde comenzó su trayectoria como estudiante de Terapia Ocupacional. Tras su formación de grado y máster, se incorporó a la investigación con un contrato predoctoral en el área de Psicología Evolutiva, combinando práctica clínica y análisis científico. Su labor se vincula directamente con el grupo CYS (Ciencia y Salud), creado en 2020 en la universidad para investigar la salud de personas mayores y con discapacidad desde un enfoque multidisciplinar.
La idea de investigar los golpes de calor en personas mayores surge de la convergencia entre una línea de trabajo centrada en calidad de vida y termorregulación de este colectivo y el interés de la doctoranda Sandra Núñez Rodríguez, asevera Collazo. Teniendo en cuenta el contexto socioeconómico actual, marcado por poblaciones envejecidas, cambio climático y vida en núcleos rurales de Castilla y León, así como la brecha entre la tecnología disponible y su uso real en mayores, nace este proyecto de investigación.
El objetivo va más allá de los golpes de calor: se pretende mapear la termorregulación de los mayores e identificar si sus patrones están relacionados con factores epigenéticos, patologías o fragilidad. El estudio analiza cómo cambia la respuesta del organismo con la edad frente al calor y al frío, identificando los factores que aumentan la vulnerabilidad y buscando anticiparse a los problemas derivados de la hipertermia, subraya la investigadora.
Este proyecto se diferencia de otros estudios sobre termorregulación por su enfoque centrado en personas mayores reales, su carácter multidimensional y su vocación preventiva. A diferencia de la literatura clásica, que suele trabajar con jóvenes sanos o deportistas en laboratorio, aquí se analiza a adultos mayores en su contexto cotidiano, considerando comorbilidades, medicación, fragilidad, vivienda, hábitos y apoyo social. Además, no solo se mide la temperatura corporal: se evalúan masa muscular, fuerza, estado cognitivo, percepción del calor y conductas adaptativas, vinculándolas a la respuesta fisiológica frente al calor o el frío.
El proyecto también incorpora tecnologías emergentes, como wearables, ropa inteligente y dispositivos de enfriamiento, con un análisis crítico de su aplicabilidad real en mayores, tratando de cerrar la brecha entre el potencial tecnológico y las necesidades diarias de esta población. Las principales lagunas detectadas en la investigación actual incluyen la falta de estudios que integren monitorización fisiológica con valoración integral del individuo, la escasa validación de tecnologías emergentes en entornos reales y la limitación metodológica de muchos trabajos, que usan muestras pequeñas, respuestas a corto plazo y contextos poco representativos de regiones envejecidas como Castilla y León.
Hoy es posible detectar señales tempranas de estrés térmico antes de que aparezca un golpe de calor clínico, aunque aún no existen sistemas plenamente validados en personas mayores, explica la investigadora. Los modelos predictivos actuales combinan datos fisiológicos y ambientales y muestran precisión prometedora, pero se han probado sobre todo en laboratorio y con poblaciones distintas, por lo que la meta es estimar el riesgo térmico de manera personalizada y continua.
Para ello, el estudio integra distintas fuentes de información: variables antropométricas y de composición corporal, fuerza y fragilidad física, valoraciones cognitivas y funcionales, así como mediciones de temperatura de la piel y percepción subjetiva del calor y del frío. El análisis busca identificar qué perfiles concentran mayor riesgo y qué factores son más determinantes.
Los wearables tienen potencial como herramientas de monitorización y alerta temprana, pero su efectividad dependerá de adaptarlos a las necesidades de las personas mayores, teniendo en cuenta comodidad, usabilidad y adherencia. Combinados con modelos predictivos, podrían avisar sobre aumento de carga térmica y sugerir acciones simples, aunque su uso continuado en este colectivo aún es limitado.
Más allá de la tecnología, la prevención se traduce en medidas prácticas para el día a día, como ajustar horarios de actividad, fomentar la hidratación, revisar ventilación y ropa, organizar redes de apoyo y formar a cuidadores para identificar signos tempranos de estrés térmico. El objetivo es reducir la exposición al riesgo incluso sin dispositivos, priorizando el entorno y la organización de la vida diaria.
Los resultados del estudio permitirán a familiares, cuidadores y residencias priorizar medidas de prevención según el riesgo térmico individual, ajustar actividades y protocolos durante olas de calor, y formar al personal en la detección temprana de estrés térmico, asevera la investigadora.
Los siguientes pasos incluyen estudios longitudinales y colaboración con instituciones para traducir los hallazgos en planes de actuación concretos. A futuro, la meta es que los golpes de calor en personas mayores se puedan prevenir de manera efectiva, integrando tecnología, educación y redes de apoyo, adaptando viviendas y residencias y facilitando decisiones informadas que permitan mantener la autonomía y seguridad del colectivo.