Athletic de Pucela
J. I. Fernández
El equipo blanquivioleta se reencuentra hoy en el Nuevo San Mamés con Aduriz, Balenziaga, Yuri y el técnico Gaizka Garitano / Trece jugadores han intercambiado camiseta en Primera
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DE FIESTA EN FIESTA
JOSÉ LUIS ALONSO PONGA
La Calenda es una tradición salmantina que, no por aparentemente sencilla, es menos bella, y encierra profundos significados de indudable antigüedad. En Ledesma (Salamanca), dos horas después de entrar el día 24 de Diciembre, comienza esta esperada fiesta. A esa hora, según me informa Ana Mª García Pinto, las campanas de las iglesias de la villa repican alegres convocando a los vecinos a la Plaza Mayor. El Ayuntamiento invita a los dulces típicos de toda la vida, mantecados y perrunillas acompañados de una copa de aguardiente o pacharán. La multitud completa la invitación con el cántico de villancicos al ritmo del tamboril, panderetas y zambombas. Las cuadrillas de músicos improvisados se componen de amigos y vecinos que alegran las calles y la Plaza Mayor. Tiempo atrás, cada casa se preciaba de hornear los mejores mantecados y producir el mejor aguardiente que cada cabeza de familia componía a su manera. Eran muy típico aliñarlo con frutos secos estacionales que se dejaban macerar durante un tiempo. Se notaba un pique secreto entre los aprendices de alquimistas por ver quien tenía la mejor receta. La Calenda es una fiesta familiar, vecinal y de la villa, al mismo tiempo. Hace muchos años, cuando la noche era patrimonio sólo de los jóvenes noctámbulos, los niños celebraban la Calenda en casa, se levantaban al toque de las campanas con la ilusión de comer los dulces que la madre o la abuela habían horneado en casa o en los hornos de la villa. Recuerdos infantiles que acompañarán a los ledesminos a lo largo de su vida y que fundamentan la pervivencia de este rito y su transmisión generación tras generación.
Redacción de Valladolid
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