No se puede caer más bajo
Ridículo total de un Pucela que se convierte en un pingajo en manos de un Atlético que perdonó una goleada aún más escandalosa / Gritos generales en todo el estadio contra Ronaldo, de nuevo ausente, y Pezzolano

Pancartas pidiendo la marcha de Ronaldo en el Fondo Norte del estadio Zorrilla, durante el partido.
Este diario tituló la crónica del partido contra el Getafe así: ‘El Pucela está muerto’. Los cadáveres no resucitan (salvo uno) pero hay diferentes formas de morir. Se puede hacer dando la vida por la humanidad, como Jesucristo (ese uno). También dando la vida por unos cuantos, como los que cedieron sus plazas en las barcas del Titanic. Y se puede perder la vida suicidándose. O sea, el Real Valladolid.
En Zorrilla no se cansan de hacer el ridículo. Y el imbécil (ver RAE). El equipo y el club, son zombies desde hace tiempo. Y los zombies no corren, andan tambaleándose. No piensan, sino que obeceden. No están sujetos a la lógica, sino al instinto.
El Pucela está muerto y el Atlético lo ha enterrado.
Ronaldo el soberbio y el ausente (sus sobrenombres si fuese rey) está de más en este club, pero es el presidente, aunque lo tenga desmoralizado y muerto de hambre, comiendo migajas.
Pezzolano también sobra. Y es el primero que debe tomar el camino de salida, después del enésimo ridículo de un Real Valladolid colista que es el menos goleador y el máximo goleado. Los cuatros tantos que le infligió el Atlético pudieron ser seis, si no se le hubiesen anulado dos por fuera de juego. Y si los madrileños hubiesen necesitado por golaveraje meter siete, habrían marcado ocho. Porque este Pucela es un pingajo en el que cada ve menos jugadores creen en el entrenador y éste cada vez cree menos en lo que tiene, si es que alguna vez pensó que con lo que hay le da para la permanencia.
Pero lo peor no fue la derrota. Ni la sensación de que el descenso está más cerca por la vía del ridículo que por la de la lucha. Lo que mata a la actual situación es la desafección con la grada: la rotura de la relación entre equipo y afición en el año del récord de abonados (24.000) con 5.000 en lista de espera. Entre Ronaldo, Espinar, Paulo André, Mazziotti, Catoira y Pezzolano se han cargado esta historia de amor. No es que se haya roto del matrimonio, es que se prevé un divorcio como el de la guerra de los Rose. Y a ver qué pasa la temporada que viene, posiblemente en Segunda División.
La historia del partido tuvo como prólogo las protestas de parte de la afición fuera del estadio y en el fondo norte, donde se simuló un partido de tenis, en alusión al presidente ausente, el tipo que más hizo llorar la semana pasada con una raqueta en la mano, junto a Nadal.
El partido (por llamarlo de alguna forma, pues fue entero para el Atlético) comenzó igualado. Hasta que se lesionó Amallah. Entonces a Pezzolano le pudo ese instinto atávico e irrefrenable que algunos llevan dentro, pese a que las cosas iban bien. Sacó a Juric, medio defensivo, aunque adelantó a Kike.
El caos se fue apoderando del Pucela y el Atlético enhebraba jugadas con final feliz propias de entrenamiento. Llegada por la banda zurda pucelana, Llorente centra y Lenglet marca a bocajarro. La defensa, dimitida. Poco después se anula un gol parecido a Giuliano e inmediatamente vienen los tantos, propios de pachanga, de Julián Álvarez y De Paul, con remates casi en la cara de Hein. Minuto 37: 0-3. Con el Pucela en el ataúd, a Giménez se le anuló otro gol por fuera de juego.
En la segunda parte el Atlético no quiso hacer daño, pero es que no podía evitar marcar ante el ridículo local. Griezmann hizo la ruleta en la misma portería que Zidane para anotar el 0-4 y Sörloth empujó el quinto en el tiempo añadido tras pase de la muerte de Correa, justo al final.
Se puede ignorar al club y al equipo. Despreciarlo. Incluso insultarlo. Lo que no se puede es escupirlo en la cara, como pasa con quienes lo gobiernan en el despacho y en el campo. El canto del cisne, al menos del entrenador, debe llegar con este partido. Y si es el de Ronaldo, sería su mayor acto de dignidad desde que llegó como mister Marshall hace seis años. Hace tiempo que ha pasado de largo, como los americanos de Berlanga.