FÚTBOL REAL VALLADOLID
Amor a primera vista
Lichnovsky está feliz en Zorrilla: «Si el equipo asciende me gustaría seguir; cuando vi cómo son mis compañeros y cómo se toman el fútbol, supe que no me había equivocado viniendo aquí»
Igor Lichnovsky celebra el gol marcado al Girona, en el último partido en Zorrilla.-J.M. LOSTAU
Igor Lichnovsky, el defensa central, se convierte en delantero regateador de los tópicos del fútbol a la hora de hablar. El chileno huye de las frases comunes que suelen envolver el mensaje de este gremio, y más cuando sólo se han consumido 22 años de vida. Su verbo es hondo y reflexivo. Mastica las preguntas para devolver respuestas digeribles, además de honestas. Dialoga como juega: de cara y sin engañar a nadie.
Lichnovsky cambia la primera persona del singular por la del plural cuando se le comenta que su satisfacción por comenzar la Liga como titular debe ser evidente. «Cuando llegué a este equipo vi sensaciones, unión, detalles que me llamaban la atención... No sabía si iba a ser titular o no. Por supuesto, estoy contento de serlo, pero mucho más porque el equipo haya comenzado de esta forma. Por suerte estoy en una plantilla en la que cualquiera puede jugar sin que baje el rendimiento global».
Unión. Palabra mágica utilizada por prácticamente todos los jugadores cuando se les pregunta por el equipo. Resulta curioso que el proceso de cohesión haya sido tan rápido con 19 caras nuevas de 23.
«Hemos tenido suerte de encontrarnos con un plantel que no ha venido a perder el tiempo, sino a juntar experiencias individuales para jugar y triunfar».
La ambición puede considerarse una virtud inherente a la juventud. Y esta plantilla luce la media de edad más baja de la categoría, tras el filial Sevilla Atlético. Pero el zaguero explica que el ansia de triunfo está repartida por igual. «A mis 22 años puedo responder que hay compañeros de 30 o de 27 que tienen la misma ilusión y ambición que los jóvenes. En esto no nos separa la edad».
Pero la ambición a veces se ve frenada. Lichnovsky destacó tanto, que a los 17 años fue internacional absoluto. El Oporto se lo compró cuando tenía 20 al Universidad de Chile, su club de toda la vida, por 1,8 millones.
La temporada 14-15 la pasó con el filial blanquiazul. En la siguiente subió al primer equipo, pero no había hueco para él en una plantilla experimentada. Fue cedido en invierno al Sporting de Gijón. Tampoco encontró espacio en una defensa muy hecha. El Real Valladolid se ha convertido en su banderín de reenganche a esa ilusión por triunfar.
«Siempre tuve claro cuáles son mis condiciones y mi objetivo. Para eso debo trabajar y seguir creciendo. Debuté muy joven y eso me ha permitido acumular una experiencia que no habría tenido de haberme quedado en mi país. La pasada temporada no fue positiva en cuanto a número de partidos jugados, pero sí en cuanto a experiencia y aprendizaje».
Este verano se cruzó el Real Valladolid en su camino. Lo hizo con tanta fuerza que desplazó a rivales más poderosos. «Fue una apuesta arriesgada, pero no me lo pensé. El cuerpo técnico y la dirigencia pusieron tantas ganas en mi fichaje, que me convencieron. La decisión de venir aquí fue netamente mía, porque el Oporto prefería cederme a uno de los clubes europeos de Primera División que me querían».
Su llegada a Zorrilla ahondó este flechazo. «Cuando vi a mis compañeros, cómo son y cómo se toman el fútbol, supe que no me había equivocado. Me sorprendieron. Creo que se me nota que estoy muy contento y a gusto».
El defensa prefiere por ahora no soñar con una temporada triunfal que le devuelva al Oporto. «Mi verdadero sueño sería retornar al Universidad de Chile, el club de mis amores, pero busco otros objetivos antes. Lo del Oporto por ahora ni me lo planteo».
¿Y continuar en el Real Valladolid? La puerta puede ser giratoria. «Está claro que este club me ha dado una gran oportunidad. Habrá que ver cómo discurre la temporada, pero si el equipo sube a Primera, me gustaría seguir. Aunque soy más de objetivos a corto plazo, de vivir el presente».
El hechizo del cuerpo técnico sobre Lichnovsky no ha desaparecido bajo la aspereza del trabajo diario. Continúa y además es epidémico. «Le aseguro que no sólo soy yo quien se siente bien con ellos, también el resto del equipo. Irradian lo que sentimos. El sello de este equipo son las ganas de trabajar y de estar arriba. Lo mejor que tenemos es que sabemos que podemos mejorar mucho».
Una evolución que no se vio en Tenerife. «Esto es fútbol. Hubo momentos clave. Si el árbitro pita una cosa en lugar de otra, o si damos un pase diferente, podría haber cambiado el resultado. Lo mejor es que nos ha pasado pronto y además fuera de casa».
¿Cómo se juega al lado de Rafa? La impresión desde fuera es que parecen conocerse de mucho tiempo. «Hemos tenido un feeling innato. Nos comunicamos mucho y nos ayudamos. Da mucha confianza saber que hay alguien a tu lado para ayudarte cuando cometes un error. Si podemos provocar eso de atrás hacia adelante, sabemos que el equipo puede mejorar mucho».
El club pucelano cuenta con cierto renombre en Chile a causa de dos nombres propios: Pato Yáñez y Vicente Cantatore. Un jugador y un técnico que hicieron historia de blanquivioleta. «Es un club muy conocido en mi país. Lo que se sabe allí es que es una entidad de Primera».