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Beatriz S. Olandia
Valladolid

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Al deporte vallisoletano ya no lo reconoce ni la madre que lo parió. Desde hace unos meses, vivimos en un lodazal que viene de aquellos polvos del despilfarro y el gasto alegre, un optimismo griego sustentado en unas cuentas cuestionables. La santísima trinidad vallisoletana -fútbol, baloncesto y balonmano masculino- copaba las bendiciones deportivas en una ciudad en la que las alternativas eran poco menos que anecdóticas, muy a pesar de deportes serios y cumplidores como el rugby, encargados de pasear con honor el nombre de la ciudad año tras año, competición tras competición. ¿Qué nos queda ahora?

Nos han hundido el orgulloso pecho a golpes deportivos y económicos. Muy gráfica es la nueva campaña del Real Valladolid, que busca quedarse como está en cuanto a abonados se refiere. Utilizando un lenguaje y una estética bélicas, aunque sin desbarres, el Pucela quiere que nos alistemos en un ejército blanquivioleta para ayudar conquistar y dejar atrás una categoría que, al menos ese es el sentimiento generalizado, no le corresponde. Los soldados tomaron Iwo Jima tras una cruenta batalla y Joe Rosenthal tomó la fotografía que a la postre se convertiría en una de las imágenes más representativas y reconocidas de la Segunda Guerra Mundial. Lo que no es tan conocido es que ni esa fue la primera fotografía ni aquella la primera bandera; horas antes, tres soldados habían colocado otra bandera de dimensiones más reducidas, un acto que soliviantó a los japoneses y les llevó a una batalla final en la que murió, entre otros, aquel primer fotógrafo. Desconocemos si esa primera izada fue el intento fallido de Rubi o si el futuro nos depara más de una batalla a los pies de ese ficticio monte Suribachi hasta hacerle nuestro.

El Atlético Valladolid es ahora la cara reconocible del balonmano masculino en la ciudad, otro cambio sustancial en el panorama deportivo. Murió el Balonmano Valladolid porque la única salida que le quedaba era poner punto y final al puñado de historia que atesoraba. El nuevo equipo camina paso a paso buscando su hueco en el balonmano, en la ciudad y en el corazón de los vallisoletanos. Trabajo hecho y serio que, todo apunta, tendrá su continuidad con la nueva directiva.

Pero para cirugía radical la que se avecina en el baloncesto. Al nacimiento de otro equipo, con lo que parecen unos cimientos sólidos y unos promotores, esta vez sí, serios y comprometidos, le sigue la muerte casi certificada del histórico club morado; tras acumular años de deudas, embargos y jetas que, por acción u omisión, han arrastrado al final a la entidad, miramos hacia Pisuerga y apenas intuimos nada.

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Los tiempos están cambiando, las formas y los fondos también. Valladolid ha de acostumbrarse a nuevos nombres, nuevos colores y, esperemos, nuevas formas de hacer en sus clubes.