Diario de Valladolid

Formas de evocar una naturaleza frágil y deconstruida en el Patio Herreriano de Valladolid

El Museo Patio Herreriano inaugura ‘Escenas de Colección’, con obras de Gustavo Torner y Daniel Canogar’, y ‘La promesa de Villèlia’, la mayor retrospectiva del catalán en décadas

Una imagen de la muestra dedicada a Villèlia

Una imagen de la muestra dedicada a VillèliaJUAN GARCÍA

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Valladolid

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Dos artistas –dos generaciones distintas– que dirigen su mirada al entorno, al paisaje, para reinterpretarlo. Y un creador que se sirve de cuanto le rodea para armar su propio, frágil y humilde universo... El Museo de Arte Contemporáneo Patio Herreriano presentó este viernes sus dos primeras exposiciones del año, en la sala 0 y en las salas 6 y 7. Tres voces diferentes cuyos ecos se encuentran en el antiguo monasterio de San Benito el Real.

En la primera, el centro dirigido por Javier Hontoria vuelve a proponer una nueva mirada a sus fondos con la exposición Escenas de Colección, una suerte de diálogo entre Daniel Canogar (Madrid, 1964) y Gustavo Torner (Cuenca, 1925-2025). En las otras dos salas, el MPH arroja luz sobre La promesa de Villèlia, la primera exposición institucional de gran escala en torno a la obra del catalán, desde la dedicada por el Instituto Valenciano de Arte Moderno en 1999.

'Galicia', de Gustavo Torner

'Galicia', de Gustavo TornerJUAN GARCÍA

La Sala 0 se vuelve oscura, casi impenetrable, para crear una escenografía adecuada. En una de las paredes cuelga el óleo sobre lienzo Galicia (1957), atrayendo hacia sí la única luz de la sala. El informalismo de Torner, con su gesto cargado de materia, atrapa al espectador, que se sumerge en esa suerte de paisaje abstracto, casi inabordable, de tonos verdosos y terrosos. Al fondo de la sala, la naturaleza aparece deconstruida en la instalación de Daniel Canogar Photosynthetic remembrance (2005): un tronco de árbol –de poliestireno expandido y epoxy– yace en el suelo, desnudo... De sus ramas nacen las imágenes de unas hojas que se proyectan suspendidas en el aire, en un ‘lienzo’ que –agitado por un ventilador– parece cobrar movimiento, como evocando el que una vez tuvo el tronco caído cuando, aún erguido, era mecido por el aire...

Una imagen de la obra de Canogar.

Una imagen de la obra de Canogar.JUAN GARCÍA

Dos formas de inspirarse en la naturaleza, de recrearla, que en cierta forma conectan con el universo de Moisès Villèlia (Barcelona, 1928-1994). La promesa de Villèlia llega al MPH tras muchos meses de trabajo, levantándose con fondos provenientes del legado del artista y de obras pertenecientes a instituciones como el Museo Reina Sofía, el IVAM, La Caixa, el MNAC y la propia ACAC asentada en el Patio Herreriano.

Una imagen de la muestra de Villèlia.

Una imagen de la muestra de Villèlia.JUAN GARCÍA

«Es una exposición importante. Moisés Villèlia, siendo un artista activo en las últimas cuatro décadas del siglo pasado, prefigura muchísimas cosas. Es un artista muy actual, tiene mucha vigencia: hay muchísimos artistas jóvenes hoy, de 30 o 40 años, que están trabajando en materiales pobres también. Él fue un pionero en ese sentido, en ese tipo de trabajos», explicó durante la presentación Hontoria. El director del museo recordó la exposición dedicada hace unos años a Cristina Mejías, en la que también tenían un gran protagonismo el móvil y los materiales precarios.

«Villèlia formó parte de un grupo de artistas españoles, con Leandre Cristòfol y Ángel Ferrant, a los que Juan Manuel Bonet, gran crítico de arte, llamó los ‘calderianos españoles’, en referencia a Alexander Calder, que trabajaba también con los móviles», abundó el responsable del MPH antes de subrayar el «sentido escénico» de la obra del artista y poeta catalán, que aprendió a tallar en el taller de su padre, responsable de una fábrica de muebles.

‘Las esculturas de Moisès Villèlia son una promesa. Esto de promesa suele aplicarse a lo que, por estar crudo o en agraz, todavía no puede saborearse. Pero las esculturas de Moisès Villèlia no son eso. Tienen, en mi modesta opinión, la particularidad de apretarse, bien ceñidas, a una idea que se cierra en ellas mismas, y en la que, al ofrecerse en su expansión terminal, se presentan, sin embargo, ensanchando y prolongando el camino en que se hallan situadas’, apuntó en su día Ferrant, uno de los pilares de la Colección Arte Contemporáneo del MPH, y cuya influencia fue notable en la evolución de la concepción plástica de Villèlia.

«Esta exposición nos hace una ilusión extrema, porque en esta institución está el fondo de Ángel Ferrant, que tenía mucho vínculo con mi padre: era un referente para él, y además tuvo una buena amistad con él, una amistad sincera», celebró Nahum Villèlia, también artista y comisario de la muestra.

En las salas 6 y 7 se suceden, sobre tarimas o suspendidas en el aire, las delicadas esculturas del creador barcelonés, en las que predomina el uso del bambú aunque trabajó con diferentes maderas, tallos o fibras vegetales como también lo hizo, en distintos momentos, con alambres o fibrocementos. Escuchando el lenguaje del material, desplegándolo en el vacío del espacio. Ritmo y equilibrio. 

También hay dibujos. En unos de los años sesenta, junto a las delicadas y armoniosas siluetas, dejó plasmados dos pensamientos: ‘El artista es desvergonzado como las flores’ y ‘El arte no imita nada. La naturaleza no tiene tiempo’.

«Mi padre sale del mundo de la talla. Por definición, en ese mundo tienes que dibujar mucho, porque cuando se trabaja con las gubias y los buriles tienen que tener salida. Es un lenguaje, el de la talla, muy lineal. Así que él partía de esa gran formación. Al mismo tiempo, siempre tuvo la idea de observar la naturaleza y la naturaleza tiene normalmente unas líneas muy armónicas. Cuando eso se conjuga con su formación surge un mundo escultórico que es muy armonioso, y muy orgánico al mismo tiempo», explicó Nahum Villèlia.

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