LUCÍA MIRANDA / DIRECTORA DE ESCENA

«En las aulas hay muchos dramas por los recortes»

La vallisoletana estrenará en el LAVA, el próximo 11 de noviembre, ‘Fiesta, fiesta, fiesta’, propuesta de teatro documental respaldada por el INAEM sobre identidad, diversidad e integración en las aulas españolas

-JAVIER BURGOS

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Julio Tovar
Valladolid

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Lucía Miranda (Valladolid, 1982) estrenará, el próximo 11 de noviembre en el LAVA, un proyecto que comenzó a gestarse en febrero de 2016, cuando fue seleccionado por el INAEM para participar en el V Programa de Desarrollo de Dramaturgias Actuales. Se trata de Fiesta, fiesta, fiesta, la última propuesta de teatro documental de la directora de The Cross Border Project, un montaje que aborda los conflictos de identidad individual y colectiva de un grupo de adolescentes de un instituto. Sus testimonios, junto con el de algunos de sus profesores, son volcados en escena, casi de forma íntegra, por Miranda y sus actores Anahí Beholi, Huichi Chiu, Miriam Montilla, Ángel Perabá, Efraín Rodríguez y Laura Santos.

Pregunta.– Inició este proyecto con la intención de investigar sobre la diversidad y riqueza que, según intuía, hay en las aulas españolas. ¿Qué ha descubierto?

Respuesta.– Me he encontrado con un panorama distinto a la idea que yo tenía sobre cómo se atendía esa diversidad. Las aulas están ‘llenas de mundo’, como dice uno de los profesores que entrevisté. Lo que desconocía son los dramas que hay detrás de esa diversidad y cuántos de ellos están provocados por las políticas educativas y los recortes que se hicieron en 2010. He descubierto cómo han afectado los cambios en la política educativa y los recortes en el proceso de integración de un montón de jóvenes.

P.– ¿Esa riqueza que aporta la variedad, cuando no hay medios para trabajarla, se puede convertir en un problema?

R.– Así es. Intuía, por trabajos anteriores en institutos, que había un problema como el que se vive en Francia, o que al menos podíamos estar a punto de tenerlo, como cuando hace años ‘ardieron’ banlieues (suburbios) en París por culpa de los guetos creados. Aquí hay ya primeras generaciones de españoles a los que algunos, por el origen de sus padres, no les hacen sentirse de aquí. Después de estar un mes haciendo entrevistas y talleres en el aula he confirmado esa impresión. Me he quedado asustada.

P.– Dedica esta obra a los «verdaderos héroes» de nuestra «maltratada educación pública». ¿Hay muchos ‘Antonios’ en las aulas, profesores que se implican con el alumno?

R.– Por lo que he vivido, diría que, como en otros ámbitos de la vida, un instituto tiene una mitad de su plantilla dispuesta a partirse la cara por sus jóvenes, trabajando más horas de las que les pagan, y otra mitad que está agotada, desencantada, apática. Los profesores que he podido entrevistar son los más implicados, los que no tenían reparos en quedarse a hablar durante una hora sobre sus chicos una vez que terminaban su trabajo.

Lo que me alegra es poder mostrar en Fiesta a ese profesor entregado, aunque no sea una figura predominante. Creo que hay demasiados tópicos y prejuicios en torno al profesorado: que si tienen muchas vacaciones, que si viven bien... Yo he conocido a profesoras que dedican un fin de semana a hablar con unos padres chinos sobre su hija, para que le apoyen en el instituto, y a docentes que trabajan mano a mano con los trabajadores sociales. Es interesante que el público pueda conocer ese perfil.

P.– Esta obra habla sobre cómo se construye la identidad, individual y colectiva, desde el respeto. Y es un proceso en el que han de participar los alumnos... ¿Cómo ha vivido esa experiencia?

R.– En la obra se ve como esos jóvenes andan todo el día insultándose, que si ‘marroquí de mierda’, que si ‘puto chino’... Parece que se llevan fatal, pero luego ves que a un chico musulmán le gusta una cristiana, por ejemplo. Lo difícil es trabajar desde el respeto. Los profesores, aunque lo intenten, no tienen herramientas. Un biólogo que se haya sacado la oposición qué sabe de inteligencia emocional, qué le han enseñado para que pueda trabajar con los chicos sobre esas cuestiones...

P.– Sin olvidar que han de combatir con lo que aprenden fuera, con el racismo en la calle, por ejemplo.

R.– Claro. Es la realidad. Estos chicos son un micromundo. Uno tiende a pensar que toda la sociedad es como el grupo de amigos que le rodea, pero en el instituto, que es obligatorio, los jóvenes están obligados a convivir con gente con la que no han elegido estar. Eso ya no pasa fuera. En el trabajo, donde además existen otro tipo de afinidades, uno ya no tiene que relacionarse con el idiota de turno si no quiere. Si en un instituto no se aprende a convivir, una vez fuera del aula será difícil que se aprenda.

P.– ¿Cómo reaccionaron los jóvenes al tenerla delante, dispuesta a escucharles y a saber de su vida?

R.– Fue precioso. A ellos esto les sonaba como de otro planeta. Alucinaban al pensar que su historia iba a ser publicada y representada en el Teatro Español, por ejemplo, o que saldría en prensa. Fueron muy generosos, compartieron un montón de historias con total confianza. Yo les dije que quería contar esto porque la gente no sabe lo que pasa en las aulas, porque creo que es un verdadero problema, desde un punto de vista identitario, y no se le está prestando atención. ‘Vale’, dijeron, aunque les resultaba extraño que su vida pudiera ser de interés. Hay que pensar en la vida cotidiana de ese chico musulmán, del conflicto que tiene con sus padres por querer a una chica cristiana. Me parece que tiene un interés inmenso. Incluso la conserje lo decía, y ha acabado siendo una de las grandes protagonistas.

P.– En Fiesta la conserje dice que lo mejor de su trabajo es ver a los chicos llegar siendo unos mocosos llenos de miedos y salir hechos hombres y mujeres. ¿Pero salen preparados para el mundo real?

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R.– Los chicos con los que he trabajado tienen entre 14 y 18 años. Algunos tienen unas situaciones tan jodidas en su casa que salen más maduros y conscientes de lo que es la vida que lo que era yo a su edad.