La mística de hermanar y encabestrar toros

El ganadero Pepe Mayoral prepara los astados para los encierros de Cuéllar

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César Mata

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Avanza el todoterreno por Carmona, sobre una superficie polvorienta, levantando una niebla blanquecina. Una finca situada a tres kilómetros de Castronuño, un altar erigido para bendecir al Duero, remansado en su curva ligera hacia Toro. En la radio suena Pausa, canción de Izal, mientras avanzan hacia el rastrojo extramuros de los predios de bravo de Pepe Mayoral una cohorte de bóvidos, de lidia y berrendos. Van lentos, como quien peregrinara a sabiendas de que en unos minutos habrá que desandar los pasos y regresar al cercado de la casilla de salida. Descolgado el cuello, con la mirada despreocupada, ajenos a su próximo protagonismo en Cuéllar, los cuatreños gaditanos de Lagunajanda, rumian un presentimiento todavía indefinido.

Adrián y Antonio, los hijos de Pepe Mayoral, su hermano Juan, y Sergio y Míchel, colaboran en la faena de pasear al ganado. Los toros nacidos en la Janda, a los pies de Vejer de la Frontera, allí donde nació el encaste Domecq, muestran diversidad de encornaduras, y el denominador común de unas hechuras perfiladas, finos de cabos, de romana justa, bajos y cuesta abajo en su lomo. Un diseño preconstituido por una genética reiterada en los tentaderos de sus madres; seleccionados para embestir. Mayoral, como el vino nacido de buenas uvas, ha ganado épica y mística con el paso del tiempo. Valor y reflexión para una tarea necesitada de silencio y paciencia. Hay algo de monje en su trabajo a caballo, algo de conventual en su galope, como un rezo que conecta la tierra con los animales.

Los bonitos y armónicos lagunajandas, que se encerrarán el miércoles, tienen su contraste en los utreros de Brazuelas, de porte inmenso, alguno entroncado, casi seguro, con los bisontes de Altamira. Una joven vacada vallisoletana pendiente de una selección depurada, que afine hechuras y cribe la bravura.

Inquietos los astados de Alcazarén, los más revoltosos en su cercado, desde el que reburdean, desafiantes, a sus parientes de Condesa de Sobral, otros novillos serios, atacados de kilos. El ejercicio y la dieta que les impone Pepe, su nutricionista y entrenador, les permitirá llegar con el peso y la musculatura adecuados. Los de Brazuelas se encierran el jueves, y los torrestrella el martes.

En el primer cercado, al llegar a Carmona, asoman las serias cabezas de los toros de La Glorieta. Serios, de arquitectura equilibrada, proporciones exactas en sus tercios, con cabezas de desarrollo adulto. Unos tíos, sin desmesura. Buenos pavos para el encierro del lunes, que promete emociones intensas.

Bajo el sotechado Luis Senovilla, el concejal de festejos, contempla la tarea que dirige Mayoral. Se muestra tranquilo… los nervios florecerán el domingo, cuando, a las 8 de la mañana comience el rito del primer encierro. Un día en el que se encerrarán astados de Caminero, que pastan en La Cigoñera, una finca situada a la orilla del río Carrión. Allí, Pedro Caminero, el jinete sin miedo, apacigua sus impulsos.

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Los toros esperan para ser transportados hasta los corrales del río Cega. Allí donde empieza todo. Donde la bravura y su simbología se comprimen antes de la estampida de cada mañana, cuando estallan astas y pezuñas, donde las monturas templan esas embestidas de fuego bajo los pinos que tamizan la luz temprana. Luego el rastrojo, el Cerquilla, el descenso trepidante del embudo… y las calles, y el ritmo urbano para encajar riñones entre las astas. Y, al final, la arena del ruedo, y los corrales. Se encierra así la bravura, el miedo contenido. Y se celebra un año más de los encierros más antiguos. Y el pavor inalterable, con esa edad inamovible del toro.