Diario de Valladolid

El conductor del autocar con 9 fallecidos dice en el juicio que no recuerda que se durmiera

El fiscal pide cuatro años de prisión para el acusado por el accidente registrado en Tornadizos en 2013

Imagen del juicio, que comenzó ayer en la Audiencia de Ávila.-A. GARCÍA

Imagen del juicio, que comenzó ayer en la Audiencia de Ávila.-A. GARCÍA

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Antonio García

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El juicio contra Ramón G.S, conductor del autocar que sufrió un accidente el 8 de julio de 2013 en Tornadizos (Ávila), en el que murieron 9 personas y otras 22 resultaron heridas, estuvo marcado ayer por la tensión, pero también por las lágrimas tanto del acusado, como de algunos de los viajeros. La declaración más esperada era la del conductor del vehículo, que rememoró cómo al ser consciente de lo ocurrido no paraba de repetir en el lugar de los hechos: «Me quiero morir. ¿Por qué me he quedado?».

Al pronunciar esta última frase, el fiscal le preguntó cuál era su sentido, teniendo en cuenta que momentos después del siniestro y junto al autocar, Ramón G.G. llegó a reconocer a la Guardia Civil, tal y como consta en el atestado, que se había quedado dormido. Ante esa cuestión, el conductor del autocar precisó que con esa expresión se preguntaba por qué había quedado vivo y no había sido él uno de los fallecidos.

El abogado del conductor protestó ante las preguntas del ministerio público en torno a una declaración «ilegal», ya que en su opinión se produjo sin la presencia de su letrado y sin la lectura de derechos constitucionales. Al respecto, y tras preguntar a su defendido, el conductor reconoció que firmó aquella declaración «sin leerla». En torno a dicho testimonio giró la parte central de un interrogatorio en el que al ser preguntado por la posibilidad de que, tal y como considera el fiscal en sus conclusiones, el acusado sufriera un episodio de «microsueños» debido a la «falta de descanso», Ramón G.S. declaró: «No tengo conciencia de haberme quedado dormido».

El fiscal, que solicita cuatro años de prisión y cinco de privación del carné de conducir, también le cuestionó sobre el tiempo de descanso, ya que desde su punto de vista no había cumplido con las nueve horas reglamentarias. El acusado dijo haberse ido a la cama en torno a las 23.45, tras haber terminado su jornada laboral del domingo sobre las 23.30. Al día siguiente, el del fatídico viaje, se levantó a las 6.30 horas y, tras una «ducha rápida» y el desayuno, comenzó la jornada a las 6.45, media hora antes de que a las 7.15 de la mañana iniciara la ruta entre la localidad de Serranillos y la capital abulense.

A preguntas del fiscal, Ramón G.S. dijo: «No noté nada de estar cansado. Estaba fresco». Además, añadió que todo había ido «normal, hasta el golpe». Un golpe con el que notó cómo «caían bolsos, hierros y cristales por todas partes». Incluso alguna de las personas que viajaban en el vehículo, mientras que vio a otra cómo era arrastrada por el pasillo. Tras relatar cómo oyó «un golpe en la parte mediana trasera» del autocar, al mismo tiempo que trató de controlar el vehículo mientras daba bandazos, el acusado dijo haber «tirado del volante hacia la izquierda» cuando pudo.

«Hice lo que pude y lo más rápido posible. No lo sé, no lo sé», añadía con pesar, tras apuntar que reaccionó «lo mejor» que pudo, al intentar llevar el autocar junto al guardarraíl que lo sujetó evitando que cayera por un desnivel. Cuando trataba de controlar el vehículo, dijo que iba de pie después de que quedara desplazado hacia la derecha, una vez que su cabeza chocó contra el cristal. No llevaba el cinturón puesto, ya que el autocar, cuya antigüedad era de dieciséis años, no tenía la obligación de llevarlos. Sólo tenía uno en los asientos posteriores.

Tras la extensa declaración del conductor, la de nueve testigos. El primero de ellos, un conductor de camiones que sólo pudo expresarse mediante la escritura por problemas en la garganta, achacó el accidente con «un despiste del conductor». «No frenó ni con el pie, ni con el freno eléctrico», aseguró.

Por su parte, la madre de una de las pasajeras dijo que tanto ella como su hija confiaban en el conductor porque les daba «seguridad», mientras que un joven viajero afirmó que un kilómetro antes del siniestro detectó «un volantazo, como cuando alguien se queda dormido».

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