Montemayor de Pililla, derecho a convivir
Este municipio vallisoletano posee una historia taurina, simbolizada en su tradicional plaza de palos, que une a sus gentes y visitantes en un espíritu de hermandad y jovial convivencia

Los caballistas, bajo la supervisión de Pepe Mayoral, conducen a los bravos y mansos hacia las calles de Montemayor de Pilillla.-JOSÉ SALVADOR
En el mapa Montemayor de Pililla se acuna entre Valladolid, la capital de la provincia a la que pertenece, y Cuéllar, cabeza visible de una Comunidad de Villa y Tierra en la que está integrada. Sin hacer mucho ruido, el valle del arroyo Valcorba le protege las espaldas. Un pueblo con alma pinariega y pasión taurina. Unas gentes entusiastas de su historia y con el don de la hospitalidad en su máxima expresión. Aquí, la palabra forastero está desterrada.
Los toros son el hilo conductor de esta localidad, que tiene en su historia taurina y en su plaza tradicional un vínculo que une edades, ideologías y credos. Sus fiestas de la Exaltación de la Santa Cruz permiten viajar en el tiempo, sumergirse en la época en la que unas personas se podían fiar de otras, en las que sólo se distingue si la limonada se prefiere sola o con un chorrito que la alegre… Un ir y venir a su plaza de palos, un salir y entrar en los bares, un escuchar y hablar con sus gentes, tan acogedoras.
El fin de semana que se acaba de arrastrar por las mulillas del tiempo ha sido intenso. Probadillas, encierros… Ayer, domingo, se celebró un encierro tradicional. Breve en su recorrido, pero potente en su sabor. Mansos y bravos por los campos yermos, con los caballistas blandiendo sus garrochas. Un encierro campero es una representación histórica, pero viva, con actores y riesgos reales. Nada que oponer a que Carlos V ‘regrese’ a Valladolid, como sucedió el pasado sábado… pero vamos que para rememoración real están los encierros tradicionales.
La comitiva de toros y bueyes, dirigida por Pepe Mayoral, llegó hasta la población. En un primer intento uno de los astados tomó las de Villadiego, aunque el animal ignore dónde se ubica este pueblo burgalés, y sus dos hermanos hicieron un amago de entrar en las calles, pero, quizá por cortesía, esperaron a que se reagrupara el animal rebelde, al que llevaron unos bueyes para convencerle de lo conveniente de llegar hasta el coso.
Cientos de aficionados, algunos con la fea costumbre de acercar sus 4x4 en demasía a las reses en el campo (lo que el valor no da, lo alquilan los concesionarios de coches), contemplaron el discurrir de la manada, que desde un promontorio situado a dos kilómetros del terreno urbano, fue conducida con temple y maestría.
El sábado hubo rejones, y ayer festival con novilleros. A plaza llena. En ambos festejos puede verse al alcalde, el joven y animoso Iván Velasco, a lomos de un équido. Un alcalde que se siente uno más del pueblo. Y lo mejor: sus vecinos así lo sienten también.
Cuando se desmonta, acude a hablar con Alfonso González y Pepe Mayoral, de la empresa Taurofest, que ha aportado calidad en las reses que desde hace algunas temporadas aporta a las fiestas de Montemayor. Tanto en los rejones como en la novillada, en la que intervinieron José Manuel Serrano, de la Pedraja de Portillo, y el salmantino de La Alberca Valentín Hoyos, hubo entretenimiento y corte de orejas, antes los bravos y nobles erales de Toros de Tierz, que nacen y se crían a escasos kilómetros, en el páramo de La Parrilla.
La juventud, tras el arrastre de la última res, emigra a los bares. En especial a la verbena improvisada junto a La Martina, un restaurante que es el alma gastronómica del pueblo. Música, tragos y, muy des-pa-ci-to, a la cama.