JERÓNIMO DE AYANZ
¿Qué significa el mural del buzo escondido bajo el puente de Poniente en Valladolid?
La representación conmemora el sumergimiento del primer buzo de la historia, hace más de 400 años en el río Pisuerga
Según el historiador Nicolás García Tapia, en los archivos del inventor del traje se esconden "los inventos y normas sociales para el desarrollo de una posible Revolución Industrial en España"

Parte inferior del Puente de Poniente de Valladolid.
Todo comenzó en el año 1602, tiempos en los que la ciudad servía como centro neurálgico del vasto territorio que comprendía el entonces Imperio Español. En ese periodo, vallisoletanos de bombachos y sombreros y vallisoletanas de basquiñas y manteos convivían en su día a día con los eventos y protocolos de los mandamases del Imperio sin extrañarse. Sin embargo, entre lo anecdótico y lo histórico, los ciudadanos fueron testigos de algo verdaderamente inusual y que supuso un importante precedente para un universo que en aquel entonces parecía irreal: el buceo de larga duración.
La historia tiene su origen en un reconocido noble del momento, Jerónimo de Ayanz y Beaumont, un navarro que había ido escalando posiciones en la Corte por su impresionante capacidad militar, y que se había ganado una fuerte reputación por su fuerza «hercúlea». Pero sus aptitudes para la guerra no eran lo único en lo que destacaba, y es que el navarro también era brillante en la política, la pintura, la música e incluso el toreo a caballo.
Un genio de tal calibre que incluso el mismísimo Lope de Vega exaltó con una obra de teatro y un epitafio a su muerte. Pero entre todas aquellas virtudes, hubo una que el poeta se dejó ‘en el tintero’. El navarro era también un espléndido inventor.
«A oídos del monarca Felipe III llegó la información de que Jerónimo de Ayanz se había instalado en Valladolid, en unas casas en la calle de la Cadena», según cuenta el historiador Nicolás García Tapia. «Allí tenía un laboratorio impresionante, en el que se exponían más de 50 inventos, todos ellos revolucionarios, como una máquina de vapor, o un aire acondicionado. Para comprobarlo, fueron a inspeccionarlo dos doctores de la Academia de Matemáticas y quedaron maravillados». Aún hoy, sus viejos diseños permanecen resguardados en varios archivos y esconden, según afirma García Tapia, «los inventos y las normas sociales para el desarrollo de una posible Revolución Industrial en España».
Pero entre todos aquellos artefactos hubo uno que no pudo probar en el laboratorio. Un invento que no había conseguido patentar ni Leonardo Da Vinci y que, de funcionar, le catapultaría en sus intereses comerciales. Un traje de buceo.
El modelo era algo aparatoso, pero no era tan diferente de los actuales. Estaba confeccionado en piel de vacuno, contaba con una primitiva escafandra para cubrir la cabeza y un sistema de conductos que conectaban con la superficie. Desde allí, un fuelle renovaría el aire y le ayudaría a conseguir su ambicioso objetivo. El plan parecía perfecto, pero ahora debía demostrar su valía en la vida real.
Y así, un caluroso dos de agosto de 1602, Jerónimo de Ayanz preparó a un hombre con el innovador equipo de buceo frente al río Pisuerga. El evento no pasó desapercibido y decenas de personas se acomodaron en el actual paseo de las Moreras para dar respuesta a la incógnita: ¿Serviría el invento? ¿Sobreviviría el buzo?
Tampoco se lo perdió nadie de la Corte. El rey Felipe III y el Duque de Lerma también quisieron presenciar el acontecimiento. Eso sí, desde un puesto privilegiado, una de sus galeras de recreo, que descansaba anclada en su residencia de verano, el extinto Palacio de la Ribera.
Con toda esas expectativas en el ambiente, llegó el momento. El hombre, enfundado en una tan aparatosa como sorprendente indumentaria, se sumergió, literalmente «aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid» en las profundidades del río para demostrar que todo aquello era algo más que una exposición futurista.
Pero los minutos comenzaron a pasar y el agua permanecía inmóvil. Cinco minutos. Diez. Quince, treinta e incluso cincuenta. El hombre parecía no tener ninguna prisa por regresar, y el público comenzaba a impacientarse. La turbiedad del Pisuerga no ayudaba, y la espera se tornó demasiado pesada.
Pasada ya una hora, el rey Felipe III, que era «un poco descuidado en los asuntos de la ciencia», consideró que ya había visto suficiente y ordenó a los responsables que sacaran al bañista de su particular aventura. El buzo, haciendo gala de esa condición de «valeroso» que se mencionaba al comienzo, le respondió bajo el agua que no quería volver todavía, que se encontraba bien. Pero su insistencia no sirvió de nada y el hombre regresó a la superficie.
Todos aquellos artefactos habían funcionado y, para alegría de su creador, el experimento había sido un éxito. Una vez desmontado todo aquel despliegue tecnológico, el inventor instó al rey a que viese otros instrumentos, pero el monarca le contestó «que para otro día, que ya iría». Pero nunca fue. Y a pesar de haber conseguido demostrar que su invención funcionaba, las otras perlas que Jerónimo de Ayanz guardaba en aquel laboratorio de la calle de la Cadena de Valladolid permanecieron ocultas durante años sin que nadie les prestara atención.
Un reconocimiento que no llegó hasta muchos siglos después, cuando historiadores como el propio Nicolás García Tapia comenzaron su esfuerzo por dar a conocer la vida y obra del noble navarro: «Al morir no tenía sucesores, se habían muerto sus hijos y nadie se preocupó de examinar esas patentes ni de ponerlas en marcha». «Es una satisfacción ver que ya se va admitiendo que fue uno de los mayores inventores que tuvo España, si no el mayor», cuenta.
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El hito del buzo también quedó profundamente olvidado, y desde la Asociación de Amigos del Pisuerga se ha tratado de reivindicar y dar a conocer a los ojos de Valladolid a través de dos recreaciones, en 2016 y en 2018.
Y así es como Jerónimo de Ayanz se coronó en Valladolid como el creador del primer traje de buceo funcional de la historia. Y un hombre, de desconocida identidad pero enorme valentía, se convirtió ante los ojos de los reyes en el primer buzo de todos los tiempos. Un hombre que aún hoy permanece a orillas del río, con un traje anaranjado y una mano en su corazón, y que sigue recibiendo cientos de miradas cada día. Ahora, más de cuatro siglos después, la de aquellos caminantes y curiosos que acompañan al Pisuerga por su ribera.

Parte inferior del puente de Poniente de Valladolid
Parte inferior del puente de Poniente de Valladolid.

Representación del buzo bajo el puente de Poniente de Valladolid
Representación del buzo bajo el puente de Poniente de Valladolid

Diseños de Jerónimo de Ayanz.
Diseños de Jerónimo de Ayanz.

Mural bajo el puente de Poniente de Valladolid
Mural bajo el puente de Poniente de Valladolid

Recreación del traje de buzo de Jerónimo de Ayanz, en el Museo de la Ciencia de Valladolid
Recreación del traje de buzo de Jerónimo de Ayanz, en el Museo de la Ciencia de Valladolid

Mural bajo el puente de Poniente de Valladolid
Mural bajo el puente de Poniente de Valladolid

Texto del mural bajo el Puente de Poniente de Valladolid
Texto del mural bajo el Puente de Poniente de Valladolid

Caseta de Amigos del Pisuerga
Caseta de la Asociación de Amigos del Pisuerga

Mural bajo el puente de Poniente de Valladolid