INICIATIVA SOLIDARIA
Los niños rescatados por 'el doctor de la última oportunidad': la pequeña Luania, de Guinea-Bissau al Clínico de Valladolid
Luania, de un año, acaba de ser operada por el jefe de Cirugía Pediátrica, José María Pradillos
La trajo de Guinea-Bissau para intervenirla y salvarle la vida, como a otros 6 menores africanos, a través de una ONG formada junto a otros sanitarios
Se alojan en su casa y en la de una enfermera el tiempo entre el viaje y el ingreso hospitalario
Los pequeños Celestino y Aida, de siete y tres años, cenando en casa de José María Pradillos este octubre.
La primera vez que Ibraima, con apenas ocho años, entró en la casa del doctor José María Pradillos (Ciudad Real, 1977) miraba asustado alrededor. Hasta al propio José María, a su mujer y dos hijas los veía con recelo. La misma primera reacción replicaron los también niños africanos Celestino y Aida, y ahora ese lógico temor inicial a lo desconocido reapareció en Luania, una pequeña de 13 meses, cuando en realidad atravesaba la puerta de su salvación. Ella es la séptima menor que el jefe de Cirugía Pediátrica del Hospital Clínico de Valladolid, el doctor Pradillos, consigue traer de África para intervenir quirúrgicamente a través de un proyecto solidario que tiene mucho de personal.
Los siete llegaron muy enfermos «y con miedo». Y todos, salvo Luania que permanece aún ingresada, regresaron curados de una dolencia que en su país natal les condenaba a la muerte. «Si no llegan a venir a que les operáramos aquí, no habrían sobrevivido. Son niños con una esperanza de vida muy corta», comenta el cirujano pediátrico.
El jefe de Cirugía Pediátrica del Hospital Clínico de Valladolid, José María Pradillos, con un paciente.
Ibraima terminó sintiéndose ‘como en casa’ en el hogar de José María Pradillos, en León, igual que Celestino o Aida. Jugando con la bicicleta, el balón o el resto de juguetes. «En cuanto les cuidas y les das cariño, se sienten a gusto».
Y es que la asociación Sopesur (formada por sanitarios de varias provincias y capitaneada por el jefe de Cirugía Pediátrica y la enfermera jubilada María Luisa Alonso) obtuvo los permisos oficiales necesarios para trasladarlos e intervenirlos en Valladolid, pero, además, tanto José María como María Luisa alojan a los pequeños en su domicilio el tiempo necesario entre el viaje y el ingreso hospitalario.
El último caso es el de la pequeña Luania, natural de Guinea-Bissau. Acaba de ser operada en el Clínico por «un tumor gigante lumbro-sacro con afectación retroperitoneal», y actualmente permanece en el centro hospitalario vallisoletano «en tratamiento y con buena evolución».
Es la séptima, y no parece que la última, de esos menores que este doctor se ha propuesto salvar. «Mientras pueda, y podamos el equipo, seguiremos intentando ayudar a los niños que no tienen otra oportunidad», comenta quien conecta con sus pacientes de una manera especial. «Todos, también los de Valladolid, son más que pacientes una vez los tratas. Todos cuentan, y los tratamos de cuidar lo mejor que sabemos».
En el caso de los pequeños que proceden de África y vienen sólo para ser intervenidos, el cariño y el cuidado resulta singularmente fundamental puesto que llegan sin sus padres. La niña Luania, por ejemplo, viajó con un enfermero del Hospital Nacional Simao Mendes, de Guinea-Bissau, «porque así lo autoriza la embajada de Guinea», explica José María.
«No perdemos de vista que tiene que ser durísimo para unos padres dejar que tu hijo se vaya a un país extranjero con gente extraña, aunque le acompañe un sanitario, y que pueda tardar en volver. Pero una vez ven que sus hijos regresan infinitamente mejor de lo que se fueron la gratitud es inmensa. Pasan de no tener futuro a tenerlo».
Precisamente por ser consciente de lo delicado de la situación personal que atraviesan esos pacientes y sus familias, tanto Pradillos como el resto del equipo se vuelcan con su bienestar. «Es muy importante la participación de todos, de los profesionales de Pediatría, de la UCI, Anestesia, Enfermería...».
El inicio de esta aventura que se ha convertido en una misión personal del propio José María se remonta a hace diez años, cuando comenzó, junto a otros sanitarios de distintas provincias de España, a desplazarse a Guinea-Bissau, un país del oeste de África, para operar a niños sin recursos por dolencias que los médicos del lugar no pueden intervenir por falta de material quirúrgico o de conocimiento.
En cada viaje, que cada profesional sanitario sufraga de su bolsillo y le supone alrededor de «1.500 o 1.600 euros» y días de vacaciones propios, atienden a una media de 50 o 60 niños durante dos semanas.
Estas expediciones siguen manteniéndose y para el jefe de Cirugía Pediátrica del Clínico vallisoletano son una cita ineludible cada año; pero desde hace dos han logrado algo más valioso todavía: que alguno de esos pequeños a los que no pueden intervenir allí por falta de medios vengan a Valladolid y sean curados.
Por suerte, explica, no tiene que decidir él sobre quién es el candidato a viajar hasta España. «Eso nos lo facilitan los compañeros de Guinea-Bissau. Mandan una historia clínica del niño y me preguntan si le podemos dar solución. Ayer [por el martes] enviaron el caso de un niño de tres meses al que le daremos solución en abril, cuando vayamos. Pero si no se pudiera hacer allí, lo traeríamos».
El funcionamiento de la asociación es sencillo, pero práctico. Tienen acuerdos, como con Sacyl, por el que Sanidad corre con los gastos de la intervención hospitalaria. «Cuando salen del hospital si hace falta comprar medicamentos o lo que sea, eso ya lo adquirimos nosotros», apunta. «En el patronato de Sopesur somos seis personas, pero la asociación la formamos todos aquellos que quieran ayudar a los niños. Muchos especialistas de distintas comunidades».
Antes de una de las aventuras anuales, en un grupo de WhatsApp de unos 70 sanitarios de diferentes especialidades, Pradillos pregunta «quién quiere, y puede, venir cada vez». «Hay gente que fijo que vamos, y otra que se apunta algunas veces». El próximo desplazamiento será en Semana Santa de 2025.
En la casa de este doctor ya saben que comparten vacaciones con África, y le apoyan. «Me respaldan al 100%. Saben que es muy importante para mí, pero cuando mi mujer y mis dos hijas tienen a los niños aquí delante, indefensos, quieren colaborar y contribuir a que se encuentren mejor. Cuando las tienen ellas en brazos, a mí ya no me hacen caso», comenta este médico.
La relación con los sanitarios de Guinea-Bissau también es estrecha, dado que cuando acuden no sólo atienden a los pacientes, sino que tratan de formar a los profesionales para que tengan cada vez más opciones. «Les enseñamos procedimientos y hay intervenciones que antes no sabían hacer y ahora ya sí. Es fundamental que vayan teniendo más medios», señala Pradillos. A un almacén del Hospital Simao Mendes le han puesto el nombre de María Luisa Alonso como agradecimiento a tanta implicación.
Las familias de sus niños, de los que han venido hasta Valladolid, también se muestran «muy agradecidas». Dejan en sus manos la vida de los que más quieren y, cuando ven los resultados, no sólo empieza un nuevo comienzo, sino que pasan de pensar que no hay solución y su pequeño morirá a tenerlo de nuevo sano junto a ellos.
Todo esto, aunque las condiciones de vida y de la sociedad disten mucho de las españolas. Para empezar, las niñas tienen un futuro mucho más oscuro y hay que saber cómo bregar con el choque cultural. «Ellas lo tienen peor. Es una cultura arcaica en ese aspecto. A una de las niñas, Aminata, ( la única procedente de Gambia porque la trajo la asociación Ayepu) la iban a hacer una ablación, pero tras intervenirla aquí por una malformación anorrectal, dejé en un informe puesto que tenían prohibido tocar el clítoris porque podrían complicar la cirugía. Intentamos que tengan la mejor vida dentro de lo posible».
José María Pradillos (i) junto a la pequeña Aminata, su madre, y el doctor Óscar Martín, de Ayepu.
El primer viaje de ida y vuelta partiendo de Guinea-Bissau tuvo lugar en octubre de 2022. Fue doble. Vieron que allí no podían operar a Ibraima, de ocho años, del tumor cervical que presentaba. Se movieron, solicitaron los permisos oportunos y al poco ya se encontraba en la casa de José María.
No vino solo. El segundo pequeño al que salvó en Valladolid ‘el doctor de la última oportunidad’, como le hemos definido en alguna ocasión en este diario, tenía tan sólo tres meses de vida: se llama Abdel Ravi. «Durante los trámites para venir Ibraima, nace un bebé con síndrome de bridas amnióticas, con importante afectación de extremidades inferiores y brazo derecho, y decidimos que haríamos un traslado conjunto. Actualmente no presenta ningún tipo de discapacidad y hace vida normal de niño».
Ibraima, hoy con diez años, «ayuda en las tareas agrícolas a su familia y tampoco presenta ningún tipo de discapacidad». Lo sabe José María porque el padre del menor le manda vídeos de éste por WhatsApp y mantienen contacto también por Facebook. Actualizaciones de una vida que no podría ser vivida sin que los sanitarios de Sodepur hubieran aparecido, especialmente el jefe de Cirugía Pediátrica del Clínico vallisoletano. «Tenemos ya para siempre una unión especial», reconoce.
No sólo ha solucionado su dolencia física, también le ha tratado con cercanía y el máximo cariño durante su complicada estancia en Castilla y León. Así lo cotidiano se volvía entrañable. Cuando Ibraima pasó esos días en el domicilio del doctor, en León, se encaprichó de la mayonesa. «Le encantaba».
José María señala que la alimentación en su país natal es otro problema crónico. «Generalmente suelen hacer una comida basada principalmente en arroz. Por ejemplo, cuando trajimos a Celestino, de siete años, aquí comía pollo, carne, huevos. Los quería a todas horas. Y, como Ibraima, lo que más prefería era la mayonesa, que aunque sí tienen, debe ser muy distinta porque era pasión».
En 2023 fueron dos niñas las que vinieron. La ya mencionada Aminata, de nueve años, y Naomi, de trece. «Naomi tenía un cuerpo extraño, un clavo, en el lóbulo superior izquierdo. Se intentó su extracción en los quirófanos de Simao Mendes de Bissau, pero ante la falta de material decidimos trasladarla para su extracción segura. La niña volvió a su país sin ningún tipo de patología respiratoria», asegura satisfecho su cirujano pediátrico.
Luego llegaron Aida, tres años, y Celestino, siete, hace tan sólo dos meses. Ya están su hogar de nuevo. Él confundió sosa cáustica con agua, se abrasó el esófago y no podía comer. «Conseguimos la ingesta sin problemas de líquidos y sólidos y se continúa haciendo un seguimiento estrecho de este paciente, ya que se ha conseguido material para poder realizar allí el tratamiento que requiere». Ella también se curó. No tenía pared abdominal, le faltaba la musculatura de la pared anterior del abdomen y se la repararon. «Volvió sin ningún tipo de repercusión en su salud».
Luania, de tan sólo 13 meses, es la última, pero sólo hasta el momento. José María Pradillos y los suyos están decididos a seguir tendiendo la mano. «Son siete, parece poco con los millones de niños que hay, pero hacemos lo que podemos y seguiremos ayudando». Palabra del doctor Pradillos: «Para eso hice Medicina y Cirugía. Para, con todo lo que he aprendido, darles soluciones, bienestar y felicidad, sean del área de Valladolid o de África. De donde sean».
Equipo que se trasladó a Guinea-Bissau el pasado mes de abril.