Diario de Valladolid

La derrota del patriarca

La trayectoria ascendente y polémica de Santiago Alba se recorre entre los versos del poema Años triunfales de su nieto Jaime Gil de Biedma, donde se observa el crecimiento de Alba en Valladolid y la huella de su personalidad impregnada en su paso por la gobernación del país con episodios que le obligaron a huir a Estoril ante el ataque de un ilustre cazador falangista. Recuerdos con ternura de un abuelo recordado por su carácter empresarial decidido y emprendedor.

Santiago Alba, patrón político del banquero March y tío de Miguel Delibes.-

Santiago Alba, patrón político del banquero March y tío de Miguel Delibes.-

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Redacción de Valladolid
Valladolid

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Ningún epitafio más adecuado para la figura singular de Santiago Alba (1872-1949) que los versos lapidarios de su nieto Jaime Gil de Biedma, en el poema Años triunfales:

Media España ocupaba España entera

con la vulgaridad, con el desprecio

total de que es capaz, frente al vencido,

un intratable pueblo de cabreros

Porque aquel abuelo que protagonizó los más altos afanes de la vida española durante la primera mitad del pasado siglo no encontró aval que le sirviera de escudo para esquivar, al final de su vida, la persecución y los golpes de la España más zafia. Y en esa cacería, «sobresaltada y triste», Santiago Alba fue siempre una codiciada pieza mayor. No en vano acumulaba 36 años de trayectoria en la vida pública, desde su primer empleo en 1897 como concejal de Valladolid en la costista Unión Nacional y la culminación como presidente de las Cortes y segunda autoridad de la España republicana, entre 1933 y 1936.

Una trayectoria ascendente y polémica, que responde tanto a la solvencia de su personalidad política regeneracionista, como al dinamismo de un carácter empresarial decidido y emprendedor. En definitiva, asume el ideario costista de Escuela y despensa con un sesgo modernizador importado del liberalismo inglés. En su pretensión de aplicar la reforma agraria a través de la política fiscal padece una feroz campaña de obstrucción parlamentaria, liderada por Cambó y engrasada por el empresariado catalán. Es el momento en que Cambó (1876-1947) exige la oficialidad del catalán en la enseñanza y en la administración y tribunales de Justicia, además de una soberanía plena para la asamblea y gobierno catalán. En el revuelto verano de 1917 caen los liberales y llega Dato (1856-1921) al gobierno, mientras el político y empresario catalán aventura que «España, sin Cataluña, es ingobernable».

Santiago Alba funda Izquierda Liberal Monárquica en 1918, incorporando en su ideario los proyectos y principios económicos que le tumbó Cambó en 1916, con una defensa firme del parlamento y una apertura tentativa hacia la izquierda republicana y socialista. Lo ofrece como punto de partida para regenerar el socavado liberalismo monárquico, en el que sigue empeñado, aunque cada vez con más decepción por la frivolidad del monarca. Todavía en 1918 preside Maura un llamado gobierno nacional, que agrupa fuerzas diversas. En él vuelve a ocupar Alba la cartera de Instrucción Pública, mientras Cambó se hace cargo de Fomento, impulsando el ferrocarril entre Ponferrada y Villablino.

Alba cubrió un recorrido dilatado, en la turbulenta España de la Restauración, sin salirse de la órbita liberal pero pasando por cuatro partidos: Unión Nacional, Partido Liberal, Izquierda Liberal Monárquica y Partido Radical. Como ministro, ocupó siete carteras en diecisiete años, desde 1906 (Marina) al golpe de estado del general Primo de Rivera: Instrucción Pública (1912 y 1918), Gobernación (1912-13 y 1915-16), Hacienda (1916-17 y 1918) y Estado (1922-23).

ESCUELA Y DESPENSA

En sus carteras reiteradas y de más relieve (Instrucción Pública y Hacienda), Santiago Alba imprimió la huella de su personalidad, dejando rastros importantes de su paso por la gobernación del país. En Instrucción Pública, funda el Instituto-Escuela, que traslada los principios de la Institución Libre de Enseñanza a la educación secundaria. Además, impulsa iniciativas que retomará la Segunda República, como la subida de sueldo a los maestros, la construcción de escuelas y la autonomía universitaria.

Finalmente, dimite el 20 de octubre de 1918 por el rechazo del Consejo de Ministros a la subida de sueldo a los maestros, para hacerse cargo de Hacienda en el gabinete presidido por el astorgano Manuel García Prieto, donde plantea un plan de choque para sanear la hacienda pública e impulsar la economía.

Durante la dictadura primorriverista (1923-1931), Santiago Alba vivió en París, dedicado a la próspera abogacía con un socio y ex ministro francés. Estos años de su primer destierro, en cuyo arranque padeció un severo escrutinio tanto de la actuación pública como de sus negocios, concluyeron con el sobreseimiento del Tribunal Supremo en 1924 de todas las actuaciones contra Santiago Alba, a quien el dictador había calificado a su llegada como «depravado y cínico ministro» y cuyo procesamiento exigía, según su manifiesto golpista, «la voz unánime del país». El dictador nombró un juez especial para investigarlo, arremetiendo de paso contra sus amigos políticos y socios económicos, que en algunos casos fueron encarcelados.

En estos años de dictadura, se entrevista varias veces con el Rey en París, a quien recibe en un hotel, para no acudir a la embajada y dar la impresión de que las reuniones las ha pedido él. A pesar de su expreso rechazo al traspié monárquico, en junio de 1930, volverá a intentar un gobierno de concentración, tanteando a republicanos como Altamira y Marañón, pero todos rechazan implicarse en la redención de Alfonso XIII. Llegada la Segunda República, concurre por Zamora a las elecciones de junio de 1931 como independiente, para incorporarse mediada la legislatura al partido Radical de Lerroux.

CAZADOR FALANGISTA

Fundador de la Electra Popular Vallisoletana, Santiago Alba también intervino en la propulsión de la primera sociedad de tranvías de Valladolid, antes de saltar a Madrid. En 1893 había comprado con su pariente César Silió ‘El Norte de Castilla’ y la escalada de destinos locales (de la Cámara de Comercio a una concejalía del municipio) marca la secuencia de su progresión pública hasta alcanzar el congreso como diputado nacional. Tras la muerte de Gamazo, se distancia de la maniobra de Silió para incorporar a sus seguidores al maurismo conservador, promoviendo un bloque de republicanos y liberales unidos en la oposición a Maura.

En Valladolid, Santiago Alba contaba con un colaborador fiel y eficiente, Julio Guillén, el padre del poeta Jorge Guillén, administrador y vigilante cercano de sus empresas, mientras Alba se dedicaba a la política. Su aportación regeneracionista fue la traducción de la obra ¿En qué consiste la superioridad de los anglosajones? (1898), del sociólogo francés Edmond Demolins (1852-1907), a la que antepone un largo prólogo empedrado de ideas costistas, que en 1919 nutre su libro Problemas de España (1919), calificado de «examen de conciencia de un hijo de Castilla ante la derrota y pérdida de las colonias». El amplio estudio preliminar de Alba aplica el mito de la decadencia de las razas latinas a España, atribuyendo la derrota colonial de 1898 a la ineficiencia del sistema educativo, a una iniciativa empresarial muy débil y a la falta de representatividad del sistema político.

Pero como hombre pragmático y realista, se niega a sucumbir al torrente de pesimismo que aqueja a las élites intelectuales, compartiendo la reflexión sobre el declive nacional con estudios más positivos, que tratan de enderezar los servicios municipales de Valladolid impulsando los ingresos, reduciendo los gastos y distribuyendo los recursos de forma más provechosa.

Su tarea municipal llamó la atención de la Cámara de Comercio, que lo nombró secretario, participando en este ámbito gremial en la movilización regeneracionista protagonizada en el cambio de siglo por las cámaras agrícolas y comerciales. Hasta la escisión cameral de febrero de 1899, entre quienes pretendían constituirse como grupo de presión a los partidos, encabezados por Joaquín Costa, y quienes en cambio apostaron, siguiendo a su presidente nacional Basilio Paraíso y a Santiago Alba, por crear un partido contendiente en las elecciones, que impulsara sus reivindicaciones en el parlamento.

Al año siguiente, Alba salió elegido diputado por Valladolid y un par de años más tarde ya era subsecretario de la presidencia del Consejo de Ministros. Pero cuando Maura logra la jefatura de gobierno, en 1905, él emigra al Partido Liberal e instala su bufete en Madrid. Pero si su labor en Valladolid había llamado la atención de la Cámara de Comercio, también despertó el ansia de venganza de un personaje tenaz y ondulante como una serpiente, el tránsfuga Óscar Pérez Solís (1882-1951), quien antes de convertirse en falangista vigilante de conductas sospechosas, había sido militar, socialista, comunista y meapilas. En 1937 consiguió, a base de trucados ardides, que el municipio azul de Valladolid le quitara Alba su calle periférica en la ciudad, a la vez que alienta su persecución en Madrid, acusándolo de masón.

Al fallecer su primera mujer, Enriqueta Delibes (hermana del padre del escritor), Santiago Alba contrajo matrimonio con una pariente mundana de su madre, mal recibida en la familia por su perfil de mujer fatal: Rosario Boceta y Ruiz Zorrilla («más Zorrilla que Ruiz», según Jaime Gil de Biedma, el nieto poeta). Rosario enseguida trasladó la familia a Madrid, a un palacete de la calle Príncipe de Vergara, donde Alba la reclamaba al volver de sus ministerios, recorriendo suplicante las estancias («Sario, Sario, Sario»), hasta que un día la ‘femme fatale’ emigró al sanatorio de Davos enferma de tuberculosis, donde falleció después de protagonizar un tórrido romance con uno de sus médicos. Pero no cejó ahí la busca de compañía del patriarca Alba, quien después de la guerra encontró en su secretaria como presidente de las Cortes el báculo de su vejez: Mariana Arrieta Ramiro, una mujer encantadora e inteligente. Juntos felicitarán con cariño a Miguel Delibes por la obtención del Nadal.

Como evoca Jaime Gil de Biedma, el nieto poeta de Santiago Alba, en Años triunfales, «Barcelona y Madrid entonces eran algo humillado. Como una casa sucia, donde la gente es vieja, la ciudad parecía más oscura y los Metros olían a miseria. Con la luz de atardecer, se salía a las calles de un invierno poblado de infelices gabardinas a la deriva, bajo el viento. Pasaban figuras mal vestidas de mujeres, cruzando como sombras, solitarias mujeres adiestradas –viudas, hijas o esposas- en los modos peores de ganar la vida y suplir a sus hombres. Por la noche, las más hermosas sonreían a los más insolentes de los vencedores».

Pero hay un episodio especialmente triste de la vejez de Santiago Alba, que la prudencia familiar disimula de tapadillo. Porque en su retorno a la España de 1941 lo convirtió en víctima de un ilustre cazador falangista, obligándole a huir a Estoril hasta que su yerno Luis Gil de Biedma consiguió protección policial para el regreso definitivo en 1943. Esa cobertura se la dio Eduardo Aunós (1894-1967), otra vez ministro de Justicia y compañero del padre del poeta en los agustinos de El Escorial. Un político procedente del regionalismo catalán de la Restauración que se hizo hueco en la madriguera falangista. Con su aval pudo acogerse Santiago Alba al amparo de su hija en Barcelona, donde lo evocó el nieto poeta. «Recuerdo la ternura que me inspiraba mi abuelo don Santiago en sus últimos años, cuando le miraba bostezar: parecía un leoncito viejo». Sin olvidar nunca la paliza falangista recibida en su retorno a España, cuando al no poder alojarse en su palacete de la calle Velázquez desvalijado durante la guerra, se instaló en el hotel Ritz.

Una tarde, después de comer con su cuñado el marqués de Albaicín, se retiró a descansar, sufriendo el ataque salvaje de un grupo de bárbaros falangistas, encabezados por el jefe provincial de Madrid Jaime Foxá Torroba (1913-1976), hermano del escritor y que iba a morir como presidente de los cazadores españoles, gobernador civil de Toledo y procurador en las Cortes franquistas. Por el camino, aquel pájaro avariento se adornó con un condado de Rocamartí localizado en el baratillo franquista, junto a logros amañados como pescador de atunes, esquiador de fondo y novelista estrafalario. Aquella tarde los matones bloquearon la puerta de la habitación de Alba, y después de maniatarlo, lo sometieron a un repertorio siniestro de burlas y vejaciones: lo abofetearon, le raparon el pelo al cero y le obligaron a beber una botella de aceite de ricino. Consumada la heroicidad, lo abandonaron maltrecho en la silla, donde sufrió el shock que le iba a causar su enfermedad de Parkinson, según diagnóstico del doctor Marañón.

Antes de replegarse a Estoril con Mariana, que lo sobrevivió hasta 1977, Alba evocaría añorante de indignación la pujanza vigorosa de su juventud, cuando sirvió de modelo a Emilia Pardo Bazán (1851-1921) para la novela Dulce dueño (1911), donde encarnaba una indomable voluntad de dominio.

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