Diario de Valladolid

EL SIGLO DE DELIBES

Ecos de guerra

«Yo tengo diez años cuando llega la República y, por tanto, vivo al margen del ambiente político de la ciudad. Hasta la guerra viví al margen, testigo de muchas cosas pero al margen. Y es que en mi casa no había ningún ambiente socialista, y mucho menos un ambiente falangista. Mientras, en la calle, se enfrentaban los ferroviarios de la UGT y los señoritos y campesinos de Onésimo. Mi madre, pese a ser muy religiosa, no entraba en el juego fascista. Tenía esa idea, un poco intuitiva, de que el fascismo no podía ser una cosa cristiana: ella no quería saber, pues, nada de fascismo; y es curioso: siendo ocho hermanos como éramos, y perteneciendo a una familia en la que, con primos y tíos podíamos sumar cincuenta miembros, no se vio en casa ni una camisa azul».

En las imágenes, autoridades hacen el saludo fascista ante la Catedral.-EL MUNDO

En las imágenes, autoridades hacen el saludo fascista ante la Catedral.-EL MUNDO

Publicado por
Redacción de Valladolid
Valladolid

Creado:

Actualizado:

LOS PLACERES DEL CAMPO

«Yo provengo de una familia que era muy común entonces. Una madre muy religiosa, hija de carlistas, y un padre liberal, un padre albista, de Izquierda Liberal, que así se llamaba el partido de Santiago Alba. Mi padre, además de conmilitón de Alba, era cuñado suyo, pues Alba estaba casado con la única hermana de mi padre, con quien tuvo siete hijos. Es decir, que mi familia era la típica de entonces. El padre liberal, católico, pero mucho más apartado de la Iglesia de lo que estaba su mujer. Mi madre no comulgaba en su fuero interno con el fascismo, pero sí percibía que la República recién proclamada no era cristiana. Y por eso, pensó que quienes seguíamos siéndolo, teníamos la obligación de proclamarlo públicamente. Nos puso a todos los hermanos una crucecita plateada en la solapa y con ella salíamos a la calle. Lo que supuso no pocos enfrentamientos y hasta peleas con los chicos ‘republicanos’. Mi madre, en el fondo, se sentía orgullosa, ¡se ve que lo que buscaba eran mártires de la fe!».

El escritor evoca las primeras salidas al campo con su padre, que era poco sociable y prefería salir a cazar solo, acompañado de sus hijos, que se quedaban jugando a la pelota junto al coche estacionado en el sardón del monte Valdés, en La Mudarra, mientras observaban las primeras ardillas huidizas y los cuervos chismosos, junto al abrevadero de las ovejas. «Como los días de escuela resultaban endiabladamente monótonos, mis primera vivencias y emociones me las deparó el campo. A mayor abundamiento, yo no podía considerar la caza como un pasatiempo frívolo. Mi padre, hombre cabal y apacible, exultaba o se enfurecía únicamente por motivos venatorios o por motivos políticos, de donde deduje que la caza era al menos algo tan importante como la democracia y, desde luego, más que la profesión. Tal vez sea una deformación de infancia, pero sigo pensando que mi indulgencia para con aquellos hombres que se pierden por el vino o las mujeres se extiende a los que se pierden –o se ganan, vaya usted a saber– por la caza. O sea, que uno de los muchos motivos de agradecimiento que guardo a la memoria de mi padre es que orientara mis ocios hacia el campo, hacia los placeres sencillos, hacia la vida frugal que la caza comporta».

El ciclismo fue una de las actividades deportivas del padre, compartida con colegas de la docencia como el futuro académico Narciso Alonso Cortés, y en la distancia, con el Nobel Echegaray. Pero para salir de caza con los chicos, don Adolfo Delibes recurría al automóvil, que tomaba prestado de la agencia automovilística que compartía con su hermano Luis en la travesía de la calle Muro. Allí vendieron los primeros Ford que iban a circular por Valladolid. Más tarde, representaron a la General Motors, marca a la que pertenecía el Chevrolet de caja cuadrada bautizado por el novelista como Cafetín, con el que subían de caza a los Torozos, provocando algún tropiezo en la encrucijada del puente Mayor con el tren burra, superado a empujones con la complicidad indulgente del maquinista, padre de un alumno de don Adolfo en la Escuela de Comercio, donde era director.

El padre del novelista se había casado en abril de 1917 con 42 años, una edad entonces provecta, mientras la madre, María del Milagro Setién Echánove, tenía 29. Desde cuatro años antes, la madre vivía en Valladolid, en el número 2 de la Acera Recoletos, con una hermana de su padre y con los primos Nevares Setién. La condición de catedrático de la Escuela de Comercio del padre conllevaba cierto prestigio social y un acomodo con más pretensiones que holgura económica. El sueldo de mil pesetas mensuales difícilmente alcanzaba para una familia con ocho hijos, dos criadas y veraneo, que aligeraba sus apreturas con los ingresos procedentes de la serrería familiar fundada por el abuelo.

Este escenario familiar, invocado en la dedicatoria maltusiana de su tercera novela, Mi idolatrado hijo Sisí (1953), donde reconoce al primo José Echánove que «ocho hermanos unidos pueden conquistar el mundo», obliga a domesticar los sueños y adaptar las fantasías al entorno de recursos disponibles. Cuando llega la guerra, Miguel Delibes tiene quince años y el bachillerato concluido con adelanto. Del colegio de Lourdes, el joven Delibes traía una pericia acreditada como dibujante, así que su padre lo matriculó en la Escuela de Artes y Oficios para que hiciera modelado por las tardes, además de peritaje mercantil en la Escuela de Comercio. Aquellas clases con el barro a las ocho de la tarde pronto empiezan a ser escabullidas para pasear por la calle de Santiago o ir al cine con los amigos. Donde no puede aplicar la misma laxitud es con las clases de Comercio, vigiladas de cerca por su padre.

CAPITAL DEL DOLOR

La universidad permanece cerrada, mientras la ciudad va mostrando una exhibición sectaria de pasquines y banderas rojigualdas que celebran la toma nacional de alguna ciudad o decoran las estancias pasajeras de Franco, cuando se detiene en sus viajes para insuflar ánimos desde el balcón municipal a la ciudad atemorizada por los bombardeos y por el retortero de las matanzas intestinas. A Valladolid iban llegando los primeros moros con sus chilabas y sus potingues de yerbabuena, y también los italianos, cuyo desparpajo en los cortejos disolvía y aliviaba el bullicio de zoco de los africanos. Para proteger a su prole, la madre del novelista les cede en casa una buhardilla, donde tenerlos alejados de la calle cada vez más revuelta de incidentes y sembrada de un ominoso anecdotario. Sin querer, trascienden detenciones y ejecuciones de gente próxima, como la directora de la Normal, Aurelia Gutiérrez-Cueto Blanchard, hermana de la pintora cubista y de buena familia santanderina, emparentada con Concha Espina, que fue fusilada el 25 de agosto de 1936.

La voracidad represora de aquellos primeros meses convierte la muerte en espectáculo, hasta el punto de que el gobernador civil se verá obligado, para mantener la apariencia de decoro de la represión, a difundir un bando que limite las excursiones al Campo de San Isidro, para contemplar ejecuciones en directo. Porque una multitud de vallisoletanos subía temprano de madrugada para acompañar los fusilamientos con churros y chocolate, que un negociante oportunista de la Circular ofrecía calentitos en un puesto ambulante. Allí fueron ejecutados autoridades y profesores, sindicalistas y masones. Los atónitos vecinos colindantes de Pajarillos y Delicias aprendieron a descifrar en su desvelo los abatidos por cada ráfaga, contando los posteriores y sucesivos tiros de gracia.

En tres novelas de Miguel Delibes palpita el pánico de aquellos días. Madera de héroe (1987) ostenta el lema de su recuerdo para los muertos y escarmiento para los vivos, que proclama una lápida del campo de concentración nazi de Dachau. En sus páginas, repasa la infancia del protagonista, alter ego del autor. Hijo de padre liberal y madre religiosa, que gesta su madera de héroe. Escrita desde la madurez, con un horizonte de medio siglo, Delibes evita la ficción partidista o autojustificativa para descifrar la raíz profunda de aquel enfrentamiento. En realidad, ya había anticipado su postura con las pinceladas simbólicas que ilustran tanto Mi idolatrado hijo Sisí (1953), como Cinco horas con Mario (1966) o Las guerras de nuestros antepasados (1975), pero el tratamiento en Madera de héroe tiene mayor ambición y un despliegue minucioso. La novela se publicó inicialmente precedida en su título por el rótulo que la marina ferrolana asignó al protagonista cuando se enroló: 377A.

En sus páginas se muestra el horror fratricida de ultrajes y asesinatos, con la réplica exacta de barbarie por el otro bando, sin escatimar truculencias. Delibes explaya la descripción de una lucha propiciada por el fanatismo y la intolerancia religiosa, que empuja a jóvenes sin madurar a tomar decisiones desmedidas e impropias, mientras desoyen las llamadas de sensatez de Telmo, el padre que conserva la calma y llama sin éxito a la concordia. Telmo es uno de esos personajes liberales sin secta de Delibes, como Mario Díez Collado, que pierden todas las contiendas regidas por el fanatismo. Madera de héroe revisa la educación sentimental y las estancias bélicas de la juventud del protagonista, los erizamientos interpretados como señales de fe y los desaires de la vida: un proceso de maduración personal que le lleva a interrogarse al cabo de los años por la legitimidad de unas ideas asumidas entonces con fe de carbonero. Delibes aborda la pesquisa de las responsabilidades que corresponden en la lucha a su generación. Unos jóvenes que tomaron decisiones vitales inducidas a una edad prematura. Estamos ante una de sus novelas grandes, en la que la purga del corazón afecta tanto a las creencias personales como a las consignas ambientales. Entre las destrezas más sobresalientes de Miguel Delibes destaca su maestría para novelar el punto de vista, interiorizando el sistema de valores de sus personajes. Con Madera de héroe revisa el fracaso de sus certidumbres juveniles y la miseria moral de una ciudad poseída por el entusiasmo en circunstancias tan poco propicias para la algarabía. Una ciudad que va a ser la única distinguida con la Laureada de San Fernando, por su entusiasmo en el levantamiento fratricida. Un colgante franquista que sigue exhibiendo sin pudor ni vergüenza, a pesar del reproche legal y moral de sus víctimas.

tracking