La Reconquista de la naturaleza
Motivos conservacionistas, económicos, religiosos, políticos y hasta patrióticos confluyeron en la declaración del prístino Parque Nacional Montaña de Covadonga
«No cabe duda. Esto tiene que ser el primer Parque Nacional de España». Asomado a los contrafuertes de Picos de Europa, Alfonso XIII anunció un deseo que no tardaría en hacerse realidad. A su lado, su mujer, Victoria Eugenia de Battenberg, «no pudo reprimir un grito de entusiasmo» al contemplar por primera vez el paisaje «más hermoso» que había visto en toda su vida.
Así lo relató en el Senado Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa, amigo personal del monarca y principal artífice tanto de la ley de Parques Nacionales de 1916 como de la ‘coronación’ dos años después del primero de estos espacios:el 24 de julio de 1918 se protegía por ley la Montaña de Covadonga, germen de lo que hoy conocemos como Picos de Europa.
La Gaceta de Madrid –antecedente del actual BOE– refleja lo pintoresco de aquella declaración, enmarcada dentro de otra ley ideada para celebrar el XIIcentenario de la batalla de Covadonga. Si en este punto Pelayo prestó su servicio «a la causa de la cristiandad y a la causa de Europa», también aquí debía comenzar otra hazaña, la Reconquista de la naturaleza.
Los fastos pretendían fomentar el sentimiento patrio de una nación cuya autoestima seguía tocada tras el desastre del 98. La efemérides se erigía así como una oportunidad de rendir «un triple homenaje»al «santuario de la Naturaleza, la Religión y la Historia», esgrimió Pidal en uno de sus vibrantes discursos, disponibles en la página web del Senado.
«Sin Pelayo no hubiera visto el Cid cómo se iba ensanchando Castilla delante de su caballo;sin Pelayo no hubiera visto Colón ensancharse el Océano delante de sus carabelas;sin Pelayo no hubiera visto Cervantes ensancharse el mundo delante del habla de Castilla», argumentó. El diario de sesiones acota los‘muy bien’ que jaleaban sus compañeros de bancada.
Enamorado de la «belleza insuperable» de estas montañas, su militancia asturianista decantó hacia Picos un honor que, en inicio, sobrevolaba otros enclaves españoles.
El primer candidato fue Gredos y así lo habían comentado Alfonso XIII y su amigo el marqués. Pero la cercanía del monte abulense con Madrid frustró aquella idea. «Siendo primeras escopetas de España, no quisieron privarse de un cazadero próximo a Madrid», especula Joaquín Fernández, biógrafo de Pidal, al recordar que la protección conllevaría restricciones cinegéticas.
El indulto a los animales fue desde el inicio una de las razones para crear los parques nacionales, a la vista de la merma que registraban especies cotizadas como la cabra hispánica en Gredos, el rebeco en Covadonga y el bucardo –especie ya extinta– en Ordesa.
«Acabó siendo un gran defensor de la fauna cinegética, pero nadie como él y su familia habían acabado con tantos ejemplares de osos, cabras y rebecos, puntualiza el biógrafo. La lista de trofeos del marqués (que en 1905 había impulsado los Cotos Reales en Gredos yPicos), incluía cinco osos, cientos de rebecos y cabras hispánicas.
Si su afán inicial fue proteger los animales «como especies cinegéticas», es decir, «para poder seguir cazándolas», con el tiempo se convenció de la necesidad de salvaguardar la fauna para garantizar el atractivo turístico, cuenta el historiador y escritor Luis Aurelio González, profesor de Secundaria en Cangas de Onís.
Y aesa misión consagró su labor, a reivindicar una naturaleza capaz de enganchar al viajero y procurar unos buenos ingresos al entorno, como los que generaba la explotación del patrimonio artístico italiano y español. «La Naturaleza no puede ser inferior al Arte porque las Artes son la imitación de la Naturaleza en la diversidad de sus fuerzas y manifestaciones», esgrimió en la Cámara Alta citando a Marco Aurelio.
Lo que el rey y el marqués nunca dudaron es que el primer Parque Nacional tendría que cumplir con el canon paísajístico tradicional. Ambos habían recorrido Doñana, «pero ni se les pasó por la cabeza» elegir el humedal onubense, sostiene el biógrafo de Pedro Pidal. Debía imperar lo verde, la montaña, la roca, la altura, el bosque, la fauna, valores que el marques de Villaviciosa contraponía a la llanura castellana que tantas veces atravesó al viajar desde su residencia en Madrid hacia su tierra natal, un paisaje de tránsito que menospreciaba por estimarlo «ininteresante».
Frente a esas latitudes de «arideces» que identificaba con la «pobreza del suelo nacional», ensalzaba el entorno asturiano «por la grandiosidad de sus montañas, por la frondosidad de sus valles». «Resulta tan viril el paisaje que Pérez Galdós, no pudiendo contener su admiración ante los Picos de Europa, exclamó:‘Esto no es Naturaleza, esto es Naturalezo’», espetó Pidal.
Licenciado en Derecho, su profuso conocimiento de la naturaleza le venía por su experiencia sobre el terreno.De hecho, el otro gran hito de su biografía, en 1904, es haber sido el primero en coronar el carismático Naranjo de Bulnes junto a su amigo el escalador Gregorio Pérez, apodado el Cainejo.
Montañero y viajero recalcitrante, pateó también montes suizos e italianos. Y en 1914, mientras Europa libraba su primera GranGuerra, cruzó el charco para conocer in situ la inmensidad de los parques de Yosemite y Yellostone y empaparse de las prácticas conservacionistas que ya germinaban en Estados Unidos. Y del modelo de explotación turística que allí se aplicaba.
Pidal exporta a España esa «visión genial», sostiene el historiador Luis Aurelio González. «Aunque fuera para las élites», creyó en las «posibilidades turísticas». Desde entonces, el goteo de viajeros fue continuo y dio un salto en la década de los 80 con la democratización de las escapadas de la clase media hasta la actual masificación viajera. Pero entonces, «¿quién podía pensar que entraría dinero por las visitas?», apostilla González.
La mentalidad de Pidal hay que enmarcarla en esa España «que buscaba la industralización para ponerse a la altura de las potencias europeas», apunta. La economía estaba entonces ligada al campo y a los «tímidos intentos de una industrialización» que alcanzaría su auge en las décadas posteriores, cuando «todo el carbón que se produce lo compran los países beligerantes de la guerra», contextualiza. Sirva un dato para ilustrar esa pujanza:500 obreros llegaron a trabajar sólo en la mina de Covadonga.
En 1918, el marqués de Villaviciosa hubo de arreglárselas con las 125.000 pesetas asignadas para la conmemoración de Covadonga y el desarrollo del Parque Nacional. De ahí en adelante, las siempre reducidas partidas gubernamentales le empujaron al mecenazgo, «afrontando gastos para obras, dando propinas a los guardas», cuenta Joaquín Fernández.
Una de sus «obsesiones» fue el desarrollo de infraestructuras que hicieran accesible la contemplación. «Si no hay vías de comunicación que nos lleven a admirar las bellezas de la Naturaleza, ¿para qué sirve la hermosura de los paisajes? ¿Qué sería de Suiza si no tuviera caminos que llevaran al extranjero, al turista, al pie de los bosques, de las vertientes, de las cascadas, de los neveros y de los picos?», preguntó a sus señorías.
Teniendo en cuenta que el turismo entonces era exclusivo de las clases pudientes, hay que considerar que «no todo el mundo estaba dispuesto a hacer grandes caminatas», destaca González.
En 1920 logró que la carretera llegase hasta los lagos de Covadonga (cuando se declaró el Parque Nacional sólo alcanzaba la mitad del camino, hasta el Mirador de la Reina). Lo que no consiguió es que el asfalto continuará hasta el Mirador de Ordiales, «que hubiera sido su gran ilusión», indica el historiador. «Lo que hoy nos parecería una aberración», fue uno de sus «grandes proyectos».
Los detractores del Parque Nacional temían cómo afectaría la figura de protección a la propiedad de los terrenos protegidos, ayuntamientos y particulares que miraban con recelo sus planteamientos de «repoblación forestal». «Hay un ruido monótono y seco que me encorajina y desespera. Es el hacha, ¡el hacha del salvaje español, al que no hemos logrado civilizar todavía!», había exclamado el senador.
También a los ganaderos y agricultores les preocupaba que su actividad se viera limitada en los terrenos protegidos. Y criticaban la visión elitista del aristócrata Pidal, a quien se le atribuye la estrambótica idea de querer suprimir el ganado para evitar que las moñigas afeasen la estampa turística.
Con la llegada de la Segunda República, Pidal se mantuvo al frente de la Junta de Parques Nacionales. Su cese llegó en 1934, curiosamente durante el bienio conservador. Los tejemanejes en la selección de los guardas fueron el detonante de su salida. Él quería enchufar a una persona como guarda de Caín, pero su segundo de a bordo, el geólogo Eduardo Hernández Pacheco, era partidario de convocar un concurso limpio para cubrir la plaza.
«El mayor defecto que se le puede achacar es su gestión caciquil y oscura;era despótico, pero su amor a la naturaleza era de una sinceridad apabullante», sostiene el biógrafo al ensalzar la «generosidad sentimental y económica» de Pidal. «Todo en él son buenas intenciones hacia la naturaleza», agrega.
También Luis Aurelio González reivindica el legado de un hombre al que debemos calibrar en su contexto histórico. «Va evolucionando, hay una transformación en él y acaba convirtiéndose en un defensor de la idea de conservar la naturaleza», hasta el punto de que hoy «estaría de acuerdo con las restricciones planteadas para evitar avalanchas de turistas», supone el González. «Sin Pidal, los Parques Nacionales no hubieran llegado a España hasta los 70; a su modo, adelantó 50 años la protección de la naturaleza en España», apostilla.
Fallecido en 1941, primero fue enterrado en el panteón familiar de Covadonga. Ocho años después, un grupo de montañeros trasladó sus restos al Mirador de Ordiales. Su epitafio recuerda que aquí quiso «vivir, morir y reposar eternamente» en el «reino encantado de los rebecos y las águilas». «Allí donde conocí la felicidad de los cielos y de la Tierra, allí donde pasé horas de admiración, emoción, ensueño y transporte inolvidables, allí donde adoré a Dios en sus obras como Supremo Artífice, allí donde la Naturaleza se me apareció verdaderamente como un templo», puede leerse en su lápida cincelada sobre la piedra.