EL SIGLO DE DELIBES
Paisajes y pasiones
No es frecuente que coincidan en los mismos autores, como ocurre en Valladolid, el cultivo literario regionalista y la rabia de la idea. Es decir, el acorde de nostalgias vernáculas con la conciencia requisitoria. De hecho, Macías Picavea concilia en su obra los trenos conminatorios de la órbita regeneracionista, como soldado rubeniano de la idea, con el retorno ilusionado y redentor de su personaje Manuel Bermejo a un Valdecastro que se ofrece como trasunto de Urueña.

Anselmo Miguel Nieto con su primer coche, con el que llevaba de paseo a Valle Inclán y a otros amigos del 98.-EL MUNDO
UNA GEOGRAFÍA CULTURAL.
Los paisajes urbanos y campestres de una Castilla dormida y casi exhausta se convierten en espejo de decadencia y palanca de estímulo para el resurgir con nuevo impulso de una España desplumada de sus colonias. Es la geografía cultural construida por la generación del 98, «base del patriotismo» para Azorín y «primera ciencia» para el vallisoletano Macías Picavea. En esa órbita van a jugar un papel esencial las agrupaciones que derivan del aliento descubridor y senderista de la Institución Libre de Enseñanza, entre las que destaca con vigor la Sociedad castellana de excursiones, cuyo modélico boletín ve la luz a lo largo de 17 años, entre 1903 y 1919. Destinada a fomentar el conocimiento y estudio del arte antiguo castellano y a «despertar la afición hacia todos aquellos otros que con él se dan la mano», reúne la curiosidad de escritores, pintores e intelectuales, como Alonso Cortés, Martí y Monsó o Francisco Antón.
Escritores y artistas del momento buscan la «geografía emotiva», en expresión de Machado, y especialmente lo hacen en el solar de los viejos reinos castellano y leonés, cuyas tierras tienen alma y son «esenciales». Aquella corriente permite al viajero Unamuno ejercer su pasión de conocimiento, recorriendo «ciudades, villas y villorrios, lugarejos y aldeas» de España, para «sumergirse en el paisaje» y poder alardear de ser «uno de los españoles que más capitales de provincia conoce». Lo hace a su aire y por sistema, sin asustarse como Ortega en su viaje a la Sierra de Gata salmantina con Baroja, cuando da un respingo al volver una tarde hacia la extremeña Coria, «ciudad inverosímil, sombría, torva e inmóvil, como un susto en medio del camino». Por su parte, Valle Inclán canta los álamos fluviales de León o, llevado de andanzas peregrinas por su dilecto Anselmo Miguel Nieto, dibuja su Medinica simbólica, como «pueblo con soportales y balcones de madera. Casas de adobe, corrales, cigüeñas y rastrojera». En todo caso, su mirada rehúye siempre el patriotismo de alharaca, denunciado por Maeztu en los cromos del catalán Fortuny: «cogen una cocinera, la visten con armadura y hacen un cuadro que llaman Juana de Arco».
También alcanza el reparo a Sorolla, cuya pintura les resulta aparatosa y amanerada: inmersa en ese filisteísmo burgués de estética levantina que Unamuno no se cansará de perseguir, tanto en Sorolla como en Blasco Ibáñez. Regoyos calificó su pintura como «cuadros de efecto». De ahí que Antonio Machado evite en su estancia soriana el cultivo de la leyenda dorada numantina, que le suena a chunda chunda de la Restauración con la música zarzuelera que acompañaba a los soldaditos españoles camino del degolladero cubano.
Desde un punto de vista pictórico, el paisaje cerealista castellano se ofrece más como negación árida, monótona y desolada que como escenario representable. Si el hispano belga Carlos de Haes (1826-1898) prefiere para sus paisajes la España húmeda, incorporando a su repertorio rincones de Pajares y Picos de Europa, ya sus discípulos impresionistas Aureliano Beruete (1845-1912) y Darío Regoyos (1857-1913) ejecutan sus paisajes al plenairismo por tierras de Ávila y Segovia (Beruete), mientras Regoyos, a quien desesperan los contrastes y vibraciones de la luz de Castilla, despide el diecinueve con el encanto contradictorio de su célebre libro España negra, firmado con el poeta belga Verhaeren, para abordar su Viernes santo en Castilla, con el paso del tren sobre la procesión que discurre bajo el arco de un puente ferroviario, o su estancia en Valladolid, dedicado a pintar los principales castillos de la provincia, siempre buscando el amanecer o el atardecer, que son sus horas de pintar. También plasma el lienzo escultórico de San Gregorio, en la capital, o el empedrado salmantino de Candelario. A Beruete le dedica Azorín su libro Castilla, con el reconocimiento expreso de haberle enseñado a mirar la montaña de Guadarrama.
Pero será Ignacio Zuloaga (1870-1945) quien traduzca a color la imagen literaria del 98. Lo hace estilizando temas y lugares, al representar espacios yermos, ciudades viejas y costumbres campesinas como si fueran paisajes de cielos solemnes y luces dramáticas. Sus estancias en Segovia y Pedraza muestran a un Zuloaga que mira la tradición española con la libertad aprendida de Manet, ofreciendo una modernidad despojada de ataduras académicas.
En 1921, siendo alcalde de Valladolid el escritor Federico Santander (1883-1936), su ayuntamiento tuvo la iniciativa de convocar un concurso para alzar un Altar de Castilla sobre uno de los tesos mediantes entre Valladolid y Palencia. Lo ganó Victorio Macho (1887-1966), que diez años después elevaría su Cristo del Otero sobre la capital palentina. El altar de Castilla lo componían dos grandes torres -la heroica y la mística- coronadas respectivamente por la figura ecuestre del Cid y por santa Teresa, con varios frisos grandiosos, en los que resaltaban héroes, escritores, conquistadores y misioneros enlazando ambas torres. En el centro de la composición, dos estatuas de bronce descollantes representarían al sembrador de ideas y al sembrador de la tierra. Por fin, el interior del altar iba a servir para actividades civiles y reuniones culturales o sociales de la corporación. La concepción de este altar, que no llegó a levantarse, parece complementaria del monumental del Cristo del Otero. Si este viene a la tierra para consagrarla como primogénita del Hijo de Dios, en el altar son la tierra y su historia las que merecen elevarse hasta el cielo para ofrecer su gloria. Los sueños nacionalistas del 98 traducidos a piedra y metal.
LA TERTULIA DEL INGLÉS.
La actividad artística de Valladolid irrumpe en el siglo veinte tutelada por José Martí y Monsó, director de la Escuela de Bellas Artes, a cuyo influjo se acogen artistas llegados a la ciudad para pasar unos años, como el cántabro Agustín Riancho (1841-1929), que llega huyendo de la pretensión de su marchante belga de casarlo con una hija, para pasar cinco años, ser desplumado en una pensión estudiantil de su reloj de oro y pintar paisajes fluviales de Santovenia y escenas terracampinas, con especial afición a Tordehumos. También recalan temporalmente, por traslado familiar Aurelio Arteta (1879-1940), y como profesor, José Uría (1861-1937), pero la visita más llamativa, por sus efectos plásticos, va a ser la del inglés Christopher Hall (1897-1949), un muchacho espigado, alto y rubio, que llega manco de la gran guerra en 1924, atraído por la ciudad y su museo de Escultura para establecer su estudio en los altos del teatro Calderón, donde enseguida forma tertulia con los hermanos Cossío, con el profesor Gómez Orbaneja y con el poeta Jorge Guillén, cuyo rumbo docente le llevará años después a Murcia, donde dejará una huella aún más importante. Desde Valladolid, se hospeda en Tordesillas con la familia del conserje del museo, Felipe Galván, para aprender español, mientras pasa los inviernos en un cortijo de Alcalá de Guadaira, buscando un clima más benigno. Guillén le dedica un poema de Cántico y Gerardo Diego otro de El jándalo. En 1933 se casa con Trini Japp, hija de su compatriota Darsie, con quien comparte estudio unos años en Madrid junto a Eduardo Vicente. Durante la guerra civil marcha a Francia, donde se hospeda en el castillo de Caudesse, en la Gascuña, y allí acoge al salir del campo de concentración al pintor Ramón Gaya (1910-2005) con su hija huérfana. En Valladolid, influye decisivamente en Mariano Cossío, a quien rescata de la labranza terracampina para la pintura, en Ángeles Santos y en Sinforiano del Toro. La segunda guerra mundial lo aleja a Jamaica, desde donde regresa a Lisboa, para componer pequeñas obras maestras cezannianas con sus acuarelas del estuario.
Coetáneos suyos en la pintura vallisoletana fueron Anselmo Miguel Nieto (1881-1964), una de las primeras figuras de la pintura española de su tiempo, el paisajista Aurelio García Lesmes (1884-1942), que falleció en el exilio mejicano atropellado por un camión, el artista internacional Eduardo García Benito (1891-1981), cultivador del art déco, y el vanguardista de Villavaquerín Juan Antonio Morales (1909-1942).
LOS SOLDADOS DE LA IDEA
El impulso regeneracionista transita el cambio de siglo, pilotado por Joaquín Costa y alcanza a políticos de sesgo intelectual relevante como Azaña, englobando en sus diversos grados de compromiso a vallisoletanos tan renombrados como Ricardo Macías Picavea (1847-1899), César Silió (1865-1944), Julio Senador (1872-1962), Santiago Alba (1872-1949) o Eugenio Merino (1881-1953). Todos imbuidos del empeño por construir una España mejor con los jirones del 98. De ellos, Picavea y Merino publicarán su novela regional con idéntico título: La Tierra de Campos (1898 y 1929). Ambas marcadas por la tragedia agropecuaria campesina, que en Macías Picavea es vía crucis presente y en Merino punto de partida hacia su redención. Los protagonistas, el atribulado Manuel Berrmejo de Picavea y el más resuelto Policarpo del cura Merino pugnan por levantar la Castilla en escombros (1915) que alimenta el pesimismo de Julio Senador, nuestro último y más longevo regeneracionista.