Diario de Valladolid

DÍA DE LA MUJER

Cuando la política era cosa de hombres

Querían «estar en el mundo» y entraron en política para dar a la mujer un sitio que no tenía / No había sueldo y sí muchos kilómetros / Las primeras procuradoras de Castilla y León, Concha y Rosario, fueron arquitectas de la Comunidad en una minoría de tres a 81 / Las Cortes han acogido 127 nombres femeninos de 477 parlamentarios / «Hemos abierto camino»

Las ex procuradoras socialistas Rosario Peñalva y Concha Puente, esta semana, en el salón de Plenos de las Cortes de Castilla y León.-J. M. LOSTAU

Las ex procuradoras socialistas Rosario Peñalva y Concha Puente, esta semana, en el salón de Plenos de las Cortes de Castilla y León.-J. M. LOSTAU

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Alicia Calvo
Valladolid

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De vez en cuando, llegaba a sus oídos el mismo soniquete. «Debería estar en casa, cuidando del marido y de los hijos y dejarse de política, que le quita el trabajo a un caballero». Lo peor era que esa censura solía salir de boca de una mujer.

Este es un recuerdo compartido de las que fueron las primeras procuradoras de las Cortes de Castilla y León, entre 1983 y 1987, las socialistas Concha Puente, Rosario Peñalva y Aurora Merchán. Esta última falleció el pasado mes de enero. Las otras dos rememoran sus vivencias en una estancia repleta de corbatas, para librar una doble batalla: la de afirmar el papel de la mujer en la construcción de una autonomía.

Hay pruebas de que no se sentaron en las «incómodas y tapizadas sillas» del Castillo de Fuensaldaña para calentarlas o cobrar una nómina. En la primera legislatura autonómica «no había sueldo». Tampoco unas instalaciones céntricas, ni funcionales. «La sala era pequeña y estábamos todos muy juntos». Nada que ver con el salón de Plenos en el que hoy posan para este reportaje.

Tampoco dejaron pasar las horas allí. Querían «estar en el mundo». Todavía recuerdan un dicho extendido en las filas del partido que decía que «había que comprar a todo el mundo botas chirucas para pisar los pueblos».

Comenzaron a recorrer «kilómetros y kilómetros» con los ojos y los oídos muy abiertos. «Eso hacíamos mucho, escuchar lo que necesitaba uno u otro para luego exponerlo y actuar», señalan.

Precisamente, echan en falta esa cercanía en los tiempos actuales de salarios estratosféricos, con hasta 90.000 euros al año para los procuradores con dedicación exclusiva y con un desequilibrio parlamentario menor –34 mujeres por 50 varones– pero, al fin y al cabo, desequilibrio. «Están más lejos de la gente y eso se nota en todos los aspectos, desde los sueldos a los asuntos que tratan. Así cuesta más avanzar», comenta Concha, que antes de formar parte del Parlamento autonómico se curtió como teniente alcalde en el municipio leonés de Boñar, y es una firme defensora de que «todo cargo político pase antes por un ayuntamiento pequeño y conozca lo que necesitan las personas de su alrededor».

Aún se refieren a vecinos concretos, les ponen rostro y, sobre todo, le asignan nombre a lo que requerían. Con esta filosofía de proximidad, se sienten «orgullosas» de pequeños logros. O grandes. Según se mire.

La cercanía es lo que tiene. Habría que preguntar persona a persona cómo influyó en su vida la labor de esas primeras procuradoras. «Conseguíamos que se pintara una carretera, que construyeran un puente, que se comenzara a ver a mujeres en determinados espacios... Cosas que mejoraban la vida de los ciudadanos», apuntan a dúo las socialistas Concha y Rosario, 35 años después de su desembarco en el Hemiciclo.

Labrar una autonomía y verla crecer resultaba estimulante. Tanto, como duras las piedras de realidad en los surcos. «Era el boom de las drogas» y, por ser rostros visibles, algunos vecinos acudían a ellas para que mediaran con los ayuntamientos. «Conocías el caso y ayudabas», indica la leonesa Concha, tan orgullosa de «servir de taxista» de algunos adictos y trasladarlos a centros específicos, como de «contribuir a poner en marcha la Comunidad».

Estas dos ex parlamentarias aseguran que se sintieron «unas privilegiadas por poder ayudar desde ahí».

Cuando llegaron partieron de cero. No tenían referente del que tomar nota. Ni hombre, ni mujer. «Había que construirlo todo porque no había nada, ni Comunidad», indica la vallisoletana Rosario. Y si no había Comunidad, mucho menos se hablaba del sentimiento de pertenencia a ella. «Éramos todos un poco provincianos», comenta intercalando sonrisas cómplices con su compañera. «Cada uno nos sentíamos de Burgos, León, Valladolid...».

Concha tuvo que combatir esa división con ahínco. «Venía de León y no existía querencia por la Comunidad. ¡Anda que no tuve que explicar que lo que hacíamos era beneficioso para todos, que se podían hacer muchas cosas!», insiste sobre unos tiempos en los que comenzaron las transferencias del Estado a la Junta.

Los temas candentes que se debatían en el Pleno versaban, por ejemplo, sobre el cierre de Riaño o la configuración de mapas de carreteras, de centros de salud, de colegios... «De todo. La región estaba sin hacer», agrega Rosario, que recuerda esas maratonianas jornadas iniciales con «intensidad, ilusión, compromiso» y una ingenuidad que la experiencia trocó en pragmatismo. «Llegas con la ilusión y la ingenuidad de que vas a cambiar el mundo, pero ves que no cambias casi nada, que no es fácil, que es poco a poco», expone la ex procuradora vallisoletana, que antes fue teniente alcalde de Tudela de Duero.

Son las primeras de Fuensaldaña, arquitectas de la Comunidad en una contundente minoría de tres a 81. Pero ambas aseguran que nunca se sintieron discriminadas por su género dentro de la política, y «menos en el grupo socialista». Fuera era diferente. Incluso protagonizaron alguna anécdota que destapaba los arquetipos de la época. «Costaba ver a la mujer en cargos de responsabilidad, tomando decisiones», aclaran.

En determinados actos de postín a los que invitaban a los miembros del Parlamento castellano y leonés no resultaba extraño que a ellas les convidaran a pasar «a la sala de señoras». Entonces tenían que aclarar que ocupaban un cargo público y no acudían como acompañantes.

Concha recuerda especialmente una situación injusta en la que su presencia derivó en triunfo.

Cuenta que en un pueblo de León –que prefiere no identificar– había una fiesta en la que las mujeres preparaban la comida y los hombres la degustaban. Asistió como invitada y se negó a tal discriminación. Convenció a las féminas del lugar para que protestaran conjuntamente, con pancarta incluida. «Desde entonces, se sientan a la mesa ellos y ellas y la tradición perdura», presume.

La relación de estas socialistas con sus compañeros parlamentarios, de ambos signos, fue «muy cordial» y aseveran que no escucharon palabras ofensivas o machistas, salvo pequeñas excepciones. «En el Grupo Popular eran más mayores y a lo mejor alguna vez podían hacer algún comentario. Como cuando en un pasillo preguntaron bromeando si con lo jovencitas que éramos no teníamos miedo de estar allí. ¡Claro que no!». En el entorno de trabajo, poco más.

Cuando recogieron el acta de procuradoras tenían 32 y 26 años. Concha, tres hijos, y Rosario, ninguno. Hasta un año después, cuando, quisieran o no, al final todos, Gobierno socialista y oposición, estuvieron pendiente de su realidad como mujer.

La vallisoletana estaba a punto de dar a luz y los presupuestos no se habían votado. Era principio de verano del 84. Todos permanecían atentos y deseando que la criatura tardara en venir al mundo. «Cada voto contaba y parí una semana después de que las cuentas se aprobaran».

Precisamente, ella pone el foco en la desprotección de la mujer en el embarazo. «Como no se puede cambiar que seamos las que parimos, habrá que proteger nuestros derechos por ley», señala molesta con la reciente decisión del Tribunal de la Unión Europea, que permite los despidos durante el embarazo.

Para Rosario, la lucha continua, pero también da fe de que en aquella primera legislatura, con Demetrio Madrid al frente de la Junta, parecía «impensable» que llegara el día en el que hubiera una mujer en el cargo que ahora ostenta Silvia Clemente, presidenta de las Cortes. Entonces lo ocupaba Dionisio Llamazares.

Pese a los pasos hacia delante, añoran lo que consideran una seña de identidad entonces, «la falta de crispación», porque la gente estaba «a construir» las cosas. También que sólo «la vocación» moviera al político, al que no le dejarían vivir de esto para siempre. «Debería ser como los pañales», apunta irónica Concha.

En estos 35 años, 477 procuradores han trabajado en el Parlamento autonómico. De ellos, sólo 127 nombres eran femeninos. «Hemos avanzado mucho, pero no todo lo que deberíamos. La desigualdad es palpable».

Sobre el papel de las mujeres en la sociedad, valoran «los avances» en el seno de las parejas. No de todas, claro. Y citan como ejemplo lo que observan en sus hijos. «Las tareas del hogar son responsabilidad de ambos miembros», indica Rosario, y su amiga leonesa termina su frase. «Hemos peleado mucho porque eso sea así», precisa sobre su aportación a la apertura de la sociedad.

Las dos son conscientes de que falta «mucho recorrido» para terminar la senda que emprendieron cuando combinaban «casa, trabajo y política», mientras sus compañeros sólo se encargaban de dos de los tres componentes de la ecuación, y por ello respaldan que «existen muchas razones para protestar».

Estiman que «hay un poco de libertad», pero también detectan «control» entre jóvenes y «mucha valía y pocos puestos de responsabilidad». Estos desequilibrios los atribuyen a distintas cuestiones. Rosario ve el principal caballo de batalla en la dificultad de la conciliación y en «que los hombres no se involucran por la igualdad».

Para Concha, todavía perdura «el corporativismo entre hombres para no dar paso a las mujeres». Y es que esta leonesa defiende que el techo de cristal se rompe «con la unión y la participación de las mujeres», siendo activas, involucrándose y defendiendo juntas sus derechos. Eso no pasa necesariamente –opina– por la huelga de hoy, aunque reconoce que la apoyará porque estará en «todo lo que sea defender a la mujer».

Su colega de bancada habla de feminismo y sostiene que «para defender a las mujeres no hay por qué etiquetarse». Al tiempo, reconoce que hubo momentos de «mayor libertad de expresión», frente a una actualidad en la que cree que «hay que ser políticamente correctos».

Ninguna se muestra muy partidarias de cuotas, aunque la vallisoletana desliza que a veces «no queda más remedio que regular por ley».

Treinta y cinco años después de que Concha, Rosario y Aurora ocuparan esos primeros escaños del Castillo de Fuensaldaña, Concha se acuerda de aquellas que le miraban con recelo, segura de tener razón entonces y ahora. «Creo que muchas de esas mujeres abrieron los ojos y están aplaudiendo que menos mal que hubo quien tiró para delante porque ven la evolución en la vida de sus hijos e hijas».

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