El jefe de protocolo de Naciones Unidas subraya el peso de la planificación
Peter Van Laere comparte su experiencia en «el arte de pasar del caos al orden» como colofón del XVI Congreso internacional

El jefe de protocolo de las Naciones Unidas, Peter Van Laere, durante su intervención.-J.M. LOSTAU
Las costumbres culturales abrigan un amplio abanico de protocolos. La cotidianidad de elegir un abrazo, un par de besos o un apretón de manos para saludar no dista tanto de aquello ante lo que muchos muestran reticencia por considerarlo «cosas de la realeza».
Para el jefe de protocolo de Naciones Unidas, Peter Van Laere, «hablamos del arte de pasar del caos al orden en un minuto». Un arte que no desprecia adeptos pues «está inmerso en el día a día. Se trata de las respuestas más cotidianas de nuestro cuerpo, como un saludo, a las que se les añade una serie de reglas», explicó ayer durante su intervención como colofón al XVI Congreso internacional de esta disciplina.
El trabajo que precede a la celebración de una reunión es el que mayor peso aglutina en la labor protocolaria. «En el momento en el que el acto comienza, el tren ya ha salido de la estación y solo hay que vigilar que no se salga de las vías», ejemplificó Van Laere, matizando que con «una buena planificación, se puede estar tranquilo».
Su andadura profesional, que desembocó en la mayor organización internacional existente, comenzó «trabajando con refugiados». Sin embargo, carece de fórmulas secretas que vayan más allá del «carpe diem y de seguir los propios intereses».
Entre la amplia experiencia que carga a sus espaldas, el jefe de protocolo de Naciones Unidas hizo hincapié en las negociaciones con el G8 que esconden un amplio volumen de trabajo pero «también regalan momentos que terminan resultando divertidos como la celebración de un almuerzo en el que todos quieren estar en una mesa presidencial en la que solo caben diez». Ese momento, brinda la oportunidad idónea para «desplegar toda la habilidad política para saber qué países pueden sentarse al lado de otros. Para mí es un evento que sube la adrenalina», reconoció.
Otro ejemplo que quiso resaltar fue la visita del Sumo Pontífice que requirió de la preparación de «un programa de una veintena de folios en los que todo debía estar detallado al milímetro porque el Vaticano así lo exigía», tal y como puntualizó.
La naturaleza del evento, el país en el que celebra y la situación política de este son algunos de los factores que esbozan el protocolo para lograr así un «punto intermedio» entre el país anfitrión y el invitado. «Nuestra prioridad es simplificar las cosas y ayudar sin molestar ni ridiculizar a nadie. Lo primero que debemos hacer es informarnos de las expectativas de la parte receptora y evaluar si se pueden satisfacer, evitando situaciones embarazosas», aseveró Van Laere.
El experto internacional de esta disciplina aconsejó a quienes se forman en ella que «nunca den cabida al pánico, ni cuando las cosas vayan mal. Porque necesitamos pensar con rapidez para pasar del caos al orden».