Diario de Valladolid

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La campaña electoral, la oficial entiéndase, ya se asoma en el horizonte. De hoy en siete días andarán unos y otros pegando carteles y comenzarán a pedirles ya abiertamente que les voten, que son muy buenos y que les van a arreglar todos los problemas sin dejar ni uno. Que necesitan un piso, sin problema. Una sanidad, una educación y unos servicios sociales de primera, eso está hecho. Más becas, ya están tardando en pedirlas. Vamos que van a ser lo más parecido al 1,2,3 y les ofrecerán hasta el coche y el apartamento en Alicante. Para los más jóvenes, lo del apartamento en Alicante era la bomba. El problema será cuando lo que les den sea una buena Ruperta. Porque de eso de dar calabazas y después no dar la cara saben, y mucho, los políticos. Eso sí, uno más que otros.

Una campaña electoral que llega sacudida por la tragedia de Urda en Toledo, que provocaba la dimisión de Óscar Puente como ministro de Transportes y su renuncia a la candidatura al Congreso de los Diputados por Valladolid, donde finalmente su nombre seguirá estando en la papeleta pero será invisible para el voto. Vamos que vendrá a ser como Vinicius en el Real Madrid que ni está ni se le espera, al menos de momento.

Óscar Puente ya es historia en el Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible. Ese en el que le había puesto Pedro Sánchez tras formar el Gobierno y que le llegaba como premio después de dejar KO, porque lo noqueó, a Alberto Núñez Feijóo, ya saben el arrendatario de la calle Génova, mientras su arrendadora madrileña quiera, en su fallida investidura. Llegaba Puente así en loor de multitudes socialistas, pero no sólo, a una de las carteras más importantes por el presupuesto que maneja y más comprometida, por lo mucho que tenía pendiente por ejecutar, cuando no olvidado, y que ahí siguen por más que haya activado algunos de los proyectos que casi dormían el sueño de los justos. Y se va asumiendo que era inviable seguir un día más al frente del Ministerio con dos tragedias ferroviarias en diez meses. Pero lo hace habiendo dado la cara en una y otra, en Adamuz y ahora en Urda. Su dimisión, por más que a algunos les retuerza reconocerlo, reconforta en parte a la sociedad con la política y con la forma de entenderla por parte de algunos políticos, poco muy pocos, la verdad. Otros en su lugar se habrían aferrado al cargo y sobre todo a la papeleta del 29 de noviembre. Con su dimisión demuestra altura moral y política y, sobre todo, dignidad.

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