TIERRA ADENTRO
A por los tres mil euros
La Junta de Castilla y León, en una acción a la desesperada al comprobar cómo se nos mueren los pueblos detrás del mostrador, ha legislado para que una convocatoria de subvenciones a municipios permita a los interesados arañar unos euros para centros de ocio y convivencia. Seamos claros. La mitad de los pueblos de la región se queda sin bares y el 96% de los núcleos de población más apartados hace que no toman un vermú más de una década. El asunto de la necesidad de tener abierto el bar en el pueblo es algo que sorprendentemente alcanza un consenso absoluto: todos estamos de acuerdo en definir la situación como una gran putada porque nos cierran la puerta de la comunicación y el espacio donde compartir la poca vida que nos va quedando. Admito que esta problemática, con la luz roja desde antes de que se pusiera de moda eso de la despoblación, no es nueva. Es como una gota intermitente que cada verano monopoliza las sobremesas al sol de las últimas piscinas rurales abiertas, incluidas las playas fluviales, que son las más bellas y frías del baño del común. Resulta que el gobierno autonómico nos cuenta que tiene unos tres millones de euros, más o menos, para créditos y que la subvención de los tres mil euros a cara descubierta será el importe máximo para acometer, mejor paliar, la cuestión de la hostelería local. El bar del pueblo de toda la vida de Dios. Ese local al que no le pedimos ni aire acondicionado, ni decoración guay, ni alardes de gastrobar de vanguardia. Solo que el barril de cerveza funcione y que no falte el vino, el café, ni la Coca-Cola. Qué curioso. Jamás pensé que un día escribiría sobre esto y que me sumaría a las corporaciones municipales que han decidido ir a por los tres mil euros para que no se cierre el bar de su pueblo. Todavía me cuesta entender el resumen de la convocatoria de subvenciones. Eso se lo dejo a los secretarios y secretarias de los pueblos, que es su cometido. Pero el asunto de los bares es mucho más que tres mil tristes euros que apenas dan para facilitar las cosas unos meses. Llevo años alertando de esta problemática en el medio rural. En congresos y foros de cocina. Y ha llegado el momento de que desde los colectivos profesionales y empresariales de la hostelería, junto a la formación reglada, se orqueste una partitura que garantice la presencia de profesionales, alumnos, emprendedores y personas con ganas de trabajar en los más de doscientos pueblos que ya no tienen bar, ni teleclub salvo el día de la Virgen de agosto. No es tan difícil, es cuestión de método. No de cursos típicos de hostelería. Más bien de una formación selectiva que defina comportamientos, cocinas y compromiso social. Hay que darse prisa. Nos dicen que vayamos saliendo que van a cerrar.