La juventud en los toros
Las feriasde Valdemorillo, Olivenza, Castellón, Valencia así como la primera corrida del calendario venteño, han dado inicio a la temporada taurina y afortunadamente en las mismas se ha podido constatar lo que desde hace ya un tiempo viene siendo una realidad que no es otra que la numerosa presencia de gente joven en los tendidos.
No era una empresa fácil la de atraer a este segmento de la población, pero sí una necesidad imperiosa para el futuro de la Tauromaquia.
La confluencia de diversos factores como el apoyo y la férrea determinación de ciertos empresarios de apostar por la juventud sacando a la venta entradas y abonos con un descuento atractivo, el tirón de toreros con una personalidad tan marcada y especial como el cigarrero Morante de La Puebla y el peruano Roca Rey, y en menor medida el afán del Gobierno de cercenar el derecho de los jóvenes a elegir libremente el espectáculo al que quieren asistir además de poner en marcha la maquinaria legislativa para acabar con las corridas de toros, ha provocado que los tendidos se pueblen de gente joven.
Si hacemos un análisis retrospectivo del público que acudía hasta hace unos años con cierta asiduidad a las plazas podemos afirmar que en las generaciones comprendidas entre las del setenta y las nacidas en el nuevo siglo se produjo una ruptura abrupta en la asistencia a los festejos mayores, y paradójicamente a pesar de ser una de las épocas doradas del toreo, no sólo por la grandiosidad de los toreros que integraban el escalafón sino también por la fortaleza que exhibía la Tauromaquia donde tres de los cuatro poderes, empresarios, apoderados y toreros, el cuarto sería el público, no confluían en una misma persona como sucede ahora, especialmente en los años setenta y ochenta.
Hoy afortunadamente esa inercia se ha roto gracias, como decía, a la aparición de nuevos empresarios con una visión más amplia, realista y actual de los problemas intrínsecos del mundo del toro, de forma que han ido adaptando sus políticas empresariales a las necesidades de esa parte de la sociedad tan necesaria para el futuro de la Fiesta. Y decíamos que no era empresa fácil, entre otros motivos, por el clima en el que han crecido y vivido estas generaciones donde el desapego y la falta de afección al campo y al mundo rural es una evidencia, todo ello además aderezado de la imposición por parte de determinados colectivos de identificar al mundo rural como madre de todos los problemas de la sociedad.
Ahora bien, si tan necesaria era la vuelta de los jóvenes a los tendidos también lo es que se empapen de la cultura taurina y de sus valores porque hay comportamientos y conductas que no caben en la misma, o al menos no deberían tener cabida para seguir preservando férreamente uno de los principios rectores del toreo: el respeto al torero. Y hay momentos en los que se pierde. Ejemplo claro de uno de ellos, y que me resultó especialmente doloroso, fue el que aconteció en una tarde de toros en la que hacían el paseíllo Morante de la Puebla, Roca Rey el matador de toros portuense Daniel Crespo, quien consiguió desorejar al último de su lote. Pues bien, no había casi empezado a dar la vuelta al ruedo con los dos despojos en la mano cuando una marabunta de niños y de chavales saltó al ruedo y se dirigió hacia Morante quien se vio sorprendido por tal avalancha centrando la atención del respetable. Celebro que salten al ruedo y que los empresarios desde unos años ahora lo permitan porque va en beneficio de la afición, y por ende, de la Tauromaquia, y que quieran estar cerca de su ídolo pero no hasta que el último matador del cartel haya terminado de dar la vuelta al ruedo o en su caso recoja la ovación. La imagen resultó a ojos del aficionado triste y desoladora para un torero que se había jugado la vida haciendo un esfuerzo sobre humano en una tarde de tanta responsabilidad consiguiendo cortar las dos orejas al segundo de su lote lo que le abría la Puerta Grande. La dicotomía era evidente entre la alegría del torero que recorría el anillo agradeciendo la petición y recogiendo las ovaciones de los tendidos por los que pasaba, y la indiferencia respecto a su triunfo de aquellos jóvenes ávidos de estar junto a su ídolo.
Asimismo es motivo de alegría para cualquier aficionado ver a la muchedumbre acompañar a los toreros en su salida a hombros cuando todavía están en el ruedo evocando aquellas estampas de la época de Joselito y Belmonte, pero lo cierto es que cada vez viene siendo más habitual verlos cuando los que se van a pie aún no han abandonado el ruedo centrándose las miradas y los aplausos en su compañero que va en volandas. Todos y cada uno de los toreros deben tener su momento cuando deshacen el camino hecho en el paseíllo para recibir aplausos, pitos, o en el peor de los casos, un silencio.
Y de las salidas a hombros en determinadas plazas como Las Ventas, qué decir, si de un tiempo acá es mayor casi la paliza que se lleva el torero hasta llegar a la furgoneta que la propiciada por la voltereta de un toro. Pocas imágenes a juicio de este escribiente son tan bonitas como la de ver a un torero salir en volandas rodeada de gente joven, especialmente en La Ventas del Espíritu Santo con todo lo que supone y conlleva, pero lo cierto es que hace daño a la vista esos agarrones y tirones que le dan al torero hasta el punto de hacerle perder en alguno de los casos la verticalidad. O como en otros casos el graciosillo de turno que lleva en hombros a otra persona y sale junto al torero triunfante.
O esas fotos juntos a los toreros en el patio de cuadrillas o en su llegada a la plaza copa en mano que parecen que está en una capea de amigos, hasta el punto de que en más de una ocasión he llegado a oír al matador o a alguien de su cuadrilla con muy buen criterio, decirle que tapara o escondiera el vaso.
En fin, la Tauromaquia es un rito ancestral que ha logrado sobrevivir a lo largo del tiempo no sólo gracias a la evolución a los nuevos tiempos de los distintos estamentos que la componen sino también al aquietamiento de todos ellos a los valores que la sustentan, entre ellos, el respeto al que se juega la vida, al torero, y eso es una labor a la que debemos contribuir todos los que amamos este bello arte.