Diario de Valladolid

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LA ÚLTIMA FASE en la que caen las tiranías más abyectas, incluida la de Sánchez, es la falta de vergüenza. Me refiero a esa reacción natural que incendia el rostro de cualquier persona cuando atropella los derechos del prójimo, a la libertad, y al respeto más elemental entre iguales. Pero claro, un tirano, incluido Sánchez, nunca es una persona normal. Es un depredador delictivo creando su propia unanimidad. El déspota, inclusive Sánchez, pierde la vergüenza natural de todo hombre cuando abandona el norte, cuando ya no es hombre sino un depravado, cuando pasa y ha robado todo, ha mentido al orbe entero, ha barrido cualquier disidencia, y cuando ha destruido todos los resortes de una sociedad libre.

Con tamañas transgresiones, la vergüenza es el termómetro del hombre cabal, el travesaño que ponía Nebrija delante de las puertas, y que nunca debe ser retirado de las conciencias, de las palabras, y del diccionario. ¿Qué ocurre cuando un tirano, como Sánchez, en su frivolidad laberíntica, cree que gobernar es lo más parecido a tener al lado una rubia de bote para echar un polvo por derecho natural? Pues que es la cagarruta de un cerdo hozando en la política. Sólo se dedica ya a labrar el hoyo de su propia cochinera, a construir un gran mausoleo para que con él perezca el mundo del que es hacedor. Su argumento es raquítico, desolador, capcioso, desvergonzado: un tirano como yo no se avergüenza de nada porque no siento vergüenza. Elemental.

En este pozo de negociaciones obscenas caen todas las tiranías, como la sanchuna. Desde Aristóteles, su catalogación es amplísima: monarquías tiránicas, oligarquías republicanas, dictadores a corto plazo para salvar a la patria, kamaradas populistas y hereditarios, y totalitarios con parlamentos supuestamente democráticos pero que en realidad operan como si fueran funcionarios por oposición de la Agencia Tributaria. Y aquí, pongan las variantes que quieran. Qué farsantía a escupitajos. Hay tantas tiranías como tiranos, y no están cortados por el mismo rasero. Cada tirano es único en su especie, no comparten habitación son sus predecesores. La razón es práctica y vergonzante. Al considerarnos putas y soldados, echan la vergüenza a un lado.

¿Y cuál es la excepcionalidad de Sánchez en el parque jurásico de las tiranías democráticas? Apoteósica. No es que haya echado la vergüenza al lodazal que, desde el punto de vista maquiavélico, sería una virtud. No. Al haber reducido el estado de derecho español a cenizas, es el más auténtico de todos los tiranos que en el mundo han sido. En esto se muestra tan único, radical e intransigente, que hasta desprecia al caradura de su primo Truman Capote que reclamaba una cierta limpieza para hacer trampas en el relato novelesco: «No es ninguna vergüenza tener la cara sucia, la vergüenza es no lavársela nunca». Sánchez, aunque jure y perjure que el suyo es el gobierno más limpio y justo de la democracia, jamás se lava la cara, la lengua, la huevera, y el trasero.

¿Cómo lo redondearía usando sus propias palabras para no ofender a la clientela más empoderada? Es un guarro «estructural». Exacto. Miren, por favor, una vez más, qué recopilación de hechos astronómicos y en cadena nos ha dejado la semana pasada entre nieblas y tiritando. Al verlo, para mí los clásicos casi han desaparecido del mapa. Menos mal que en la reserva tenía al gran Virgilio con La Eneida poniendo las cosas en su sitio, y clamando a gritos con esa elegancia del reloj a las cinco en punto de la tarde, hora torera donde las haya: «¿pero no os da vergüenza estar asediados» por la corrupción? Y es que, señores, nunca habíamos visto un asalto al latronaje como espectáculo, en directo y en desbandada, como si fuera el desembarco de Normandía.

A este tirano no le da ninguna vergüenza respirar corrupción, porque ésta, al fin de cuentas, es el pan suyo de cada día. Es más, y recurriendo otra vez a los clásicos –yo sin ellos, como sin Sánchez, se me acabarían los recursos de encaje de la realidad humanística y el contragolpe al déspota–, la realidad tiránica se impone porque, sencillamente, tiran más dos tetas que cien carretas: «Nadie debe tener vergüenza ante la mesa», escribe Plauto en Las tres monedas o Trinummus, una de sus obras más descarnadas. Normal. Nadie quiere morirse de hambre. Así que el abordaje de la UCO a los centros neurálgicos de la tiranía sanchista, es la mejor noticia. No sólo cae la guarida del lobo con su moneda y timbre, sino también el respeto a una desvergüenza ladronera.

 Hay que ver cómo el tirano, y su Frankenstein parpadeante, defienden su manduca, su deslumbrante desayuno con diamantes. Pero la vergüenza, como psicopatía agravada, de puertas a fuera supera ya el espacio schengen, y de puertas adentro sólo se le admite ya una intervención de ambulatorio, y con cita previa, para recetarle un paliativo. Con los escándalos puteriles en cadena de la semanita, la ley del sí es sí ya no blanquea lo que el propio tirano incluye como un normal «acoso laboral estructural». Con la vulgaridad más tocinera, con el desprecio más congénito hacia la mujer, y con el baboseo sin contención de lo zafio a espuertas, la desvergüenza de esta tiranía barriobajera y horteril hasta el eructo, ya no es aguantable ni con bisolvon mucólico.

Como servidor tampoco lo aguanta por una razón de peso –alguien que no conserva en la recámara ni una pizca de vergüenza es un hombre muerto a todos los efectos–, y como tampoco pienso montarme con Sánchez la escalada al Everest, pues imaginen qué me apetece decirle al tirano por mucho que la revista L’Espresso le haya nombrado hombre del año: que delenda est tyrannia.

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