Diario de Valladolid

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TENGO MIS DUDAS, pero dicen los polítólogos de verbena, y los adictos a la telehogaza, que algo está cambiando en las altas esferas que regentan el derecho de gentes. Aparentemente son herederos de una situación calamitosa, pero no siguen las artimañas de sus antecesores. Citan como ejemplo a EEUU y al Vaticano. De los EEUU señalan que han pasado a ser regidos por un zombi como Biden, que le firmaban incluso los decretos con huella digital para que no se notaran sus despistes chiripitifláuticos, a ser zarandeados por un Trump que los firma de puño y letra con un sismógrafo, y poniendo de los nervios a medio mundo y a la inteligencia artificial.

En cuanto al Vaticano, el politeísmo corporativo le sigue dando un prolongado estado de gracia. El paso de Francisco I por el solio pontificio fue descacharrante. Como antiespañol radical, pasó los años pidiendo perdón por la evangelización modélica que hizo España en América. Así que León XIV anda con pies de plomo, y pegado a esa prudencia jesuítica que Gracián puso a caldo en El criticón: «¿Quieres ser papa? Póntelo en la testa», escribía, dando a entender que todo lo demás sobra. Todo un reto para un papa agustiniano que vive en La Ciudad de Dios con un teólogo y no como un publicista montonero.

¿Qué acaba de hacer León XIV hace unos días –concretamente el 15, festividad de Santa Teresa–, que sugiere el cambio, que no hizo Francisco I en 12 años de pontificado? Poner a Teresa de Ávila en el centro fundante de la espiritualidad de la Iglesia universal, y del catolicismo hispano en particular, al docto modo teresiano: «siempre he procurado buscar quien me dé luz». Y se despachaba con este desparpajo olímpico: «estamos hartos de pleitos». Exacto.

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