Diario de Valladolid

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SOMOS BUENÍSIMOS. Tanto, que parecemos idiotas. Es mi caso. Por esta vez, y sin que sirva de precedente, he tenido suerte. Me he librado del parón de trenes a Madrid que se produjo el jueves, a causa de una avería informática. En comunicaciones aéreas y ferroviarias, Castilla y León somos una desgracia encadenada. Como tenemos buen conformar, y sabemos que el callar y el hablar no caben en la misma boca, el Gobierno de Sánchez nos toma por el pito un sereno.

Las comparaciones son odiosas. En Bilbao, el miércoles pasado, boicotearon la vuelta ciclista a España –un pogromo medieval–, que no es cualquier cosa. El hecho antisemita tubo –con be de burro que pondría la ministra de Educación y Deportes, que posee un inmenso Continente de incorrecciones ortográficas– una resonancia internacional y anuencia gubernativa. ¿Razón? Será porque no somos lo suficientemente de ETA o de Hamás, como para condonar nuestras deudas o para soterrar las vías del tren.

La incomunicación aérea –que nos llega ahora porque Ryanair pide más subvenciones por pasajero, y porque «Aena ha propuesto una subida de las tarifas aeroportuarias»– nos ha metido en la misma guerra de incomunicación terrestre de Renfe, que sobrevuela las estaciones de Castilla y León para contentar al Alcalde Socialista de Vigo. ¿Por qué? Porque todos los días son Navidad. O sea, que el capricho se ha instalado en la política, los trenes averiados parecen un castigo selectivo, y nos advierten que seguirán los problemas por tiempo indefinido. Si antaño se inventaron la hoguera para mantener la limpieza de sangre, ahora Sánchez emplea los aeropuertos, las vías, y las traviesas del tren, para atizar la santa combustión progresista. Oh incomunicación fabulosa.

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