MENSAJES CRUZADOS
Ciudades y pueblos de Castilla y León
LAS CIUDADES y los pueblos castellanos y también los leoneses conforman un paisaje que destila emoción, desde la que es fácil conceptuar un mundo al que ya apenas le interesa emocionarse. Destilan ese sabor intacto y positivo que late en la conciencia de quien sabe que lo sencillo es grande y sugerente. De quien convoca espacios que nacieron de memorias lastradas por abismos que cobijan la esencia de las cosas que viven y han vivido apegadas al núcleo de esta tierra; de quien se afana siempre en las verdades que hurgaron en caminos legendarios y en recuerdos austeros que aun se colman con todas nuestras viejas soledades. Los pueblos de esta tierra emergen como dólmenes silentes que dan cobijo a un campo que se mece en noble cereal. En cereal que es oro y es presagio. Castilla y León son ecos primitivos, signos que reverdecen la simiente y senderos gastados por la brisa que anota la oquedad de nuestra ausencia, de lo que siempre fuimos y seguiremos siendo. Los poetas desde tiempos lejanos dieron voz a la voz que siempre fuimos. Siguen estando vivos para siempre, porque su pauta es honda como el sueño que siempre va a seguir siendo soñado. En Soria quedan raíces de Gustavo Adolfo Bécquer, de Antonio Machado y de Gerardo Diego. En León siguen sonando los versos de Victoriano Crémer, en Palencia los de José María Fernández Nieto. En Zamora los de León Felipe, Claudio Rodríguez y Jesús Hilario Tundidor. En Segovia los de Gil de Biedma. En Valladolid los de Jorge Guillén y de Francisco Pino, En Burgos los de Carlos Frifer de Burgos. En Ávila los de Teresa y Juan. Y en Salamanca los de Unamuno y los de Aníbal Núñez... Esta es una tierra que se muestra como rito sagrado y peregrino que tiñe los legados que convierten la austeridad en ritmo y en frontera. Portugal nos limita y nos contiene. Frunce el destino largo de los ríos que vierten al océano y fueron las arterias más impías de ese dócil color de las cosechas…
La palabra descansa en los aleros de las casas de adobe, en viejos encinares y en los cielos que dan tersura tenue a lejanos paisajes, en hogueras gastadas y ateridas que se van apagando poco a poco. Esta es la tierra intensa y primitiva, la conclusión de templos que se elevan allá donde los campos se licuan, porque se hacen eternos. Es el mar de Castilla, el Duero milenario y los abismos que anotan las alturas que se van elevando por encima del tiempo y de los tiempos. Es la palabra muda, la mínima palabra del labriego que conoció y amó estos viejos campos. Piedra de monacato y espadaña, del Canal de Castilla y de esos palomares ateridos que saben desangrar atardeceres. Castilla y León desojan pergaminos, esencias que enmudecen cuando el viento deja de ser la nada para siempre.