DISTRACCIÓN DE LA MENTE
Desconfianza institucional
El barón de Montesquieu es conocido por su ensayo ‘El Espíritu de las Leyes’ a través del cual promueve el principio de separación de poderes, principio que ha entrado a formar parte de los ordenamientos jurídicos de los Estados modernos como un valor esencial e irrenunciable. Parte de la idea de que el poder político, también el económico, el social y el religioso añadiría yo, de una u otra manera, tiende a concentrarse. La centralización del poder sin rendición de cuentas termina en tiranía, fraude y corrupción. De ahí la necesidad de dividirlo y repartirlo entre diferentes instituciones que se controlen unas a otras, a modo de frenos y contrapesos. No fue el pionero en la idea, pero sí en su fundamentación y en su divulgación.
Sin embargo, Montesquieu posee otra obra, en este caso, una novela satírica epistolar divertida, sarcástica y, en su momento, revolucionaria y contestataria, escrita durante el reinado de Luis XV. Fue censurada primero por el cardenal Dubois y, después, por el Santo Oficio mediante su inclusión en el Índice de Libros Prohibidos. Se lee casi como un libro de aventuras y traslada mensajes o moralejas que no deja indiferente a nadie. Trata temas muy distintos desde los tipos de gobierno (monarquía, anarquía y república), hasta cómo debe ser el comportamiento moral de los gobernantes. Relacionado con la corrupción es suya la siguiente frase: «El daño más grande que hace un ministro sin probidad no es el justificar a su príncipe o arruinar a su pueblo; hay otro, en mi opinión, más peligroso: es el mal ejemplo que da».
En los últimos meses y semanas está saliendo a la luz pública en los medios de comunicación, como consecuencia de las investigaciones judiciales, los presuntos comportamientos corruptos, amorales e irregulares de personas que han ocupado puestos de gran responsabilidad en los ministerios del país. Lo penoso y triste de cada uno de estos casos, es que los ministros -vestidos con chaqueta, corbata y colonia de marca-, hoy dimisionarios, utilizaban el cargo para beneficiarse económicamente involucrando a numerosísimos compañeros de profesión que se convertían en compinches y que actuaban concertados entre ellos para que todo se ejecutara a la perfección. No podemos ser ingenuos y pensar que los ministros funcionaban en solitario. Eran una banda que actuaba con una impunidad insólita. Vaya si Montesquieu tenía razón. El mal ejemplo cunde y cunde mucho.