Diario de Valladolid

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El centro de atención y la mirada de la opinión pública en los últimos días está centrada en la Administración Trump. Su toma de posesión fue elocuente. Acompañado de su esposa Melania y del resto de su familia, del Vicepresidente J.D.Vance y su mujer, de los empresarios tecnológicos multimillonarios Elon Musk, Jeff Bezos y Marck Zuckerberg, y en un segundo plano Joe Biden y Kamala Harris, impartió un discurso en el que sentó las bases de lo que va a ser su mandato a lo largo de los próximos cuatro años. En su arenga, el ya Presidente norteamericano, expresó su férrea voluntad de dar un giro de ciento ochenta grados a la política inmigratoria, a la política medioambiental -saliéndose del Acuerdo de París-, a la política industrial y a la política internacional. El mensaje fue claro, prístino. En primer lugar, le preocupa Estados Unidos; en segundo lugar, le preocupa Estados Unidos; y, en tercer lugar, le preocupa Estados Unidos. Fue sintomático que, excluyendo la tradicional mención que suele hacer a otros presidentes como Washington, Jefferson o Lincoln, nombrase únicamente en su mensaje a William McKinley, presidente de 1897 y 1901, cuyo mandato se caracterizó por una política económica proteccionista, estableciendo aranceles altísimos a los productos extranjeros con los que los países europeos apenas podían competir, y por la declaración de la guerra a España para que Cuba, Filipinas, Guam y Puerto Rico pasasen al control americano, tal y como sucedió en realidad. Aviso a navegantes. Las consecuencias de sus políticas las sufriremos, sin duda alguna, los ciudadanos europeos en general y los españoles en particular.

Además, pocas horas después, en un pabellón cercano a la Casablanca, junto a unos seguidores enfervorizados, Donald Trump, con un escenario icónico preparado para la ocasión, firmó numerosas órdenes ejecutivas, una especie de preceptos presidenciales y no meras declaraciones de intenciones, de obligado cumplimiento, que fijan las prioridades administrativas en los primeros días de gobierno. En ello, puso de manifiesto la coherencia entre lo dicho en la disertación previa y la realidad que se vislumbra. Trump ha hecho suyas, curiosamente, aquellas palabras escritas por Menéndez Pelayo, hace ya más de una centuria: «Un pueblo nuevo puede improvisarlo todo menos la cultura intelectual. Un pueblo viejo no puede renunciar a la suya sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia, muy próxima a la imbecilidad senil».

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