Diario de Valladolid

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HUBO UN TIEMPO en este país hace ya muchos años en el que los más atrevidos, aventureros y transgresores se escapaban al sur de Francia huyendo de la censura franquista para poder ver películas que eran lo más parecido al cine porno en aquella época. Títulos cinematográficos míticos como Emmanuelle se convirtieron en la máxima expresión de la libertad para miles de españoles que huían clandestinamente de la censura política, social y cultural de aquella época.

Hoy día la pornografía está, por desgracia, al alcance de cualquier adolescente provocando un lamentable y constante aumento de las agresiones sexuales y Francia ha dejado de ser, al menos de momento, paraíso de la libertad y válvula de escape frente a cualquier motivo de represión. Es posible, sin embargo, que el país vecino vuelva pronto a convertirse en refugio para nuevos aventureros que se atrevan a cruzar la frontera para dar rienda suelta a su inconfesable afición a la fiesta de los toros. Es posible, incluso, que, al paso que vamos, ciudades francesas como Nimes o Arlés se conviertan paradójicamente en los principales estandartes mundiales de una de las tradiciones más vinculadas a la cultura española. Porque hay que reconocer que, nos guste o no y con independencia de que uno sea o no aficionado a los tauromaquia, la fiesta de los toros forma parte del acervo popular, histórico y cultural de nuestro país.

El Gobierno de España ha decidido suprimir el Premio de la Tauromaquia en lo que puede ser, probablemente, el primer paso hacia la futura prohibición de las corridas de toros en nuestro país. No está claro que consigamos así mejorar nuestra lucha contra el maltrato animal pero lo que es seguro es que conseguiremos recuperar el romanticismo aventurero de aquellos viajes clandestinos al otro lado de la frontera para visitar las plazas de toros de Dax o Rieumes.

El problema de fondo es que, a estas alturas, aún subsistan esas viejas tentaciones totalitarias por parte de los Gobiernos de imponer censuras culturales o de cualquier índole a todos los que no se adapten dócilmente al pensamiento único oficial. Deberíamos tratar de aprender a respetar a quienes no piensan como nosotros, a tolerar a quienes tienen otros gustos y a escuchar a quienes defienden que el trato que el ser humano otorga a un toro de lidia es mil veces mejor que el dispensado a cualquier cerdo de una macrogranja. No se trata de justificar el maltrato animal ni siquiera de defender la fiesta de los toros, sino de proteger la libertad, el respeto y la tolerancia.

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