Diario de Valladolid
Una mujer ejerce su derecho al voto en la ciudad de Segovia.- ICAL

Una mujer ejerce su derecho al voto en la ciudad de Segovia.- ICAL

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AYER, antes de las nueve y media de la mañana, ejercí mi derecho a votar. En mi década anterior practiqué, no con menos entusiasmo, mi derecho a no introducir la papeleta. Con el derecho a votar y la huelga sucede algo parecido: el personal cree que sólo hay derecho a su ejercicio. Y también existe el derecho de lo contrario, aunque por su concepto encaja mejor en la doctrina legal su aspecto en positivo. Un escepticismo enfebrecido me situó entonces en una posición de objeción de conciencia. Que luego varió. Se pasó la fiebre, sí, aunque un cierto grado de escepticismo (no tanto de pesimismo, cuyo origen se sitúa en unas previsiones positivas sobrevaloradas) permaneció. No hay que perder la cordura.

El comienzo de esta nueva etapa en el sufragio activo emergió con la consabida moción de censura. Y se fue fortaleciendo a medida que el sanchismo fue depurando todos esos principios que hacen de la democracia un sistema de gestión política relativamente decente y soportable. La izquierda es maestra en ir incorporando a su gestión vocablos de sugerente eufonía y vacío semántico, mientras avanza como un carro de combate de efectos devastadores contra las libertades. La derecha a veces lo intenta tímidamente, pero enseguida aparece una torpeza congénita. La demagogia vende mejor desde postulados revolucionarios; nada como la utopía para manejar al personal.

Votar a unas siglas o a otras no es cuestión baladí, si bien en la gestión política municipal resulta aún más determinante la persona que encabeza la lista de cada partido. Sus capacidades, su voluntad de esfuerzo y sus valores. Y, si es posible detectarlo, la ausencia de vasallajes respecto de una política nacional en la que la anide la indignidad de pactos, y las decisiones de ellos derivadas. No hace falta vivir en una ciudad-Estado, pero tampoco hay que conformarse con una ciudad sumisa a la ideología gobernante en el país.

La democracia es presa fácil para el fraude. Y lo es, curiosamente, por sus propios mecanismos creados para favorecer su énfasis como tal sistema político. En España aún quedan pendientes algunas reformas para ofrecer una mayor solidez democrática, aunque el carácter esencialmente frívolo del electorado no favorece dar los pasos debidos. La inexistencia de una segunda vuelta, al menos en las elecciones nacionales, y el carácter partidista en la elección (y en las votaciones de los elegidos, tan dóciles ellos) de los magistrados del Tribunal Constitucional, son dos de las patologías a tratar para evitar la fragmentación social y el escepticismo militante.

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