Viva la Virgen
ASÍ, como suena. ¡Viva la Virgen! Que vivan todas las vírgenes de mi tierra. Sin excepción. Porque nos siguen teniendo bajo su manto a todos. A mi madre y a las de su cuerda. A los que van a misa y a los que no; a los sin bautizar; a los que prefieren concejales a curas; a los de morado, a los de naranja, a los del puño y la rosa o la gaviota… A todos cubre su manto y logra lo que ellos, todos juntos, no consiguen: vencer a la despoblación. Cada año se suceden los milagros ante los ojos de todos.
Ahí sigue la Virgen de guardia permanente acurrucada en la peana del último altar de la fría y solitaria ermita sin segurata. Esperando en el retablo a la fiesta. Y como la mejor comandante manda a parar. Y todos acudimos a la fiesta, a la romería, a la procesión y gritamos vivas a la Virgen. Cada uno a la suya. Y los ‘vivas’ vienen de labios de ateos, de niños que no conocieron hisopo, de pecaminosos varios… y hasta he visto a padres solteros y madres por lo civil que elevan a sus bebes al paso de la procesión. Y se emocionan. Y lloran al paso de su Virgen. Y dicen eso de «yo no soy de misas ni de obispo, pero a la Virgen que no me la toquen». Es la patrona del medio rural, de la España vacía. Hasta los cantantes y grupos más esperpénticos la lanzan un ‘viva’ ente una juventud bailona y nocturna. Llena plazas y calles y todos nos manifestamos con ella y se pelean por llevar las andas.
Me preguntaba de niño, y aún lo hago, por qué es tan fea la Virgen por muy románica que la pinten. Un servidor tiene sus preferidas: la de los Remedios, pegando al mar en la Fonfría sobre la playa; la de Serosas sobre el río Anguijón; la del Tovar, que es la más pequeñita del mundo y que está en Meneses de Campos; las más bonitas son la Peregrina de Sahagún y la Peña de Francia y la del Henar, que es segoviana aunque reine en Valladolid. La de mi ciudad, que es la de San Lorenzo; la del Bustar; la de la Fuencisla; la de Sonsoles; la de las Nieves, patrona de los pasiegos burgaleses; la del Brezo a la, que rezaron mis abuelos; la de Altamira, que es «mirandilla»; la de Carballeda con sus Falifos; la Tuiza y sus gaiteros; la de la Hiniesta; la del Espino; la del Camino…
Y así un ciento de romerías que son el último pulso sentimental de un territorio que pierde la fe y a sus habitantes, pero no a la Virgen de sus mayores.